VIDAS DE MIERDA

LA CANCIÓN DE OMAR

IRAK 2003
EXT. DESIERTO – NOCHE.
La oscuridad inunda las extensísimas dunas del desierto. La luna llena se esconde tras unos nubarrones pasajeros.
Omar, de seis años, corre desesperadamente no sabe muy bien por dónde ni hacia dónde. Viste un pantaloncito corto rasgado totalmente cubierto de polvo y unos harapos que en su día fueron una camiseta de David Beckham. Ha perdido las zapatillas nuevas que le regaló su padre y corre totalmente descalzo por la arena hasta que llega a lo que parece un muro. Allí se detiene y se esconde tras las pocas piedras que quedan.
Se sienta y apoya su pequeña espalda en la roca. Su respiración es extremadamente agitada y su pulso está disparado. La luz de la luna, que ya se había librado de los pegajosos nubarrones, ilumina ahora la cara del niño. Unos tristes ojos marrones son los protagonistas de su cara color Nutella. No tiene la expresión de un niño, esa cara inocente y risueña que es el puro reflejo de la inocencia. Sus ojos irradian miedo, horror, algo que un niño de esa edad no debería conocer jamás. Tiene las mejillas húmedas, no puede parar de llorar. Ni siquiera puede parar de temblar.
De pronto comenzamos a oír unas voces que se acercan a Omar por la parte norte del muro, por la que venía corriendo el pequeño hace un rato. Tienen acento americano y se detienen detrás del muro, sin llegar a ver a Omar. Por la parte sur vemos llegar a un grupo de cuatro soldados vestidos de camuflaje y con la cabeza cubierta por un turbante negro. Un cinturón de balas recorre sus cinturas y se eleva por sus hombros formando una especie de arnés. Los cuatro hombres se detienen frente a Omar y levantan sus kalashnikov. Sentado, Omar cierra los ojos, pone sus rodillas en el pecho, se balancea y comienza a tararear una canción.
Los cuatro hombres disparan al muro. El ensordecedor ruido de los disparos retumba en el desierto. Las piedras comienzan a caer alrededor de Omar que no se atreve a abrir sus enormes ojos. Los americanos, por la otra parte del muro, hacen lo mismo: disparan sus rifles. Una lluvia de balas arrasa con todo y con todos.
Nada queda ya del muro. Nada queda ya de los americanos. Nada queda ya de los encapuchados. Nada queda ya de Omar, tumbado, con los ojos cerrados en medio de ambos bandos. En medio de ocho cadáveres.

El silencio se apodera del desierto. Ya no se oyen las balas, no se oyen las voces americanas, ya no se escucha la canción de Omar.

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