CARTA A MI HIJA
Querida, Clara:
Cuando estés leyendo esto probablemente esté muerta. No sé cómo será. No sé si será doloroso, si será rápido o si será lento; lo que sí sé es quién habrá sido el responsable.
Te podría decir que la responsable soy yo por no haber denunciado, por no haber hablado con vosotras y por guardarme todos los golpes para mí. Pero no, nada de esto es culpa mía. En un principio sí llegué a pensarlo, pero ahora, bajo tierra, sé que yo no tuve nada que ver con mi muerte. Yo no llevaba la falda demasiado corta. Yo no iba provocando a los demás con mi pintalabios. Yo no rayé el coche en el garaje. Yo no salí a “zorrear” con mis amigas a la discoteca. Yo no ponía a parir a tu padre con mis compañeras de la fábrica. Yo fui una buena mujer. Aunque todavía no sé qué es ser una buena mujer, ¿quedarme en casa sirviendo a mi marido? Quizá eso es lo que la sociedad quiera que seamos, y si es así, Clara, sé que no tengo derecho a decirte esto por estar donde estoy ahora, pero: no seas una buena mujer. No seas la mujer que el mundo quiere que seas, sé la mujer que tú quieres ser porque el mundo es machista. Sé libre.
Esta carta llega muy tarde, demasiado tarde. Lo sé. Pero por lo menos llega, que en la mayoría de ocasiones no sucede. De verdad que no me siento con derecho a darte lecciones después de lo que he callado, pero, hija, no quiero que acabes así. Ni tú, ni ninguna más. No sé qué parte de culpa tiene tu padre y qué parte de culpa tiene esta sociedad. A él le han educado así, con esos valores, si es que a eso se le puede llamar valores. Y una sociedad de educa a sus hijos para que se crean superiores a las mujeres es una sociedad muerta, podrida por dentro.
Lo peor de todo, y no quiero desanimarte, es que no veo mejora alguna en los jóvenes. Solo tienes que mirar a la vecina del quinto: veintitrés años tenía la pobre. Y el cabrón ahora en la calle y viviendo con otra. Pobrecita. Yo lo sabía y no hice nada porque ¿quién era yo para meterme en una relación ajena? Ahora me doy cuenta de que tenía que haberlo hecho, lo de mirar para otro lado no sirve con este tema.
He estado muchos años callando. Al principio quería pensar que era por vosotras, por mantener a la familia unida y no separaros de vuestro padre, que al fin y al cabo es lo que Dios manda en una familia: padre, madre e hijos. Pero no, Clara. No se puede mantener unida a una familia en la que el padre se comporta así. Yo lo he intentado, créeme. He aguantado mucho para no veros lejos. No podía imaginarme teniendo que llevaros con él los fines de semana o, en el peor de los casos, teniendo que ir yo a veros solo dos días al mes. No podía soportar eso. Por eso tragué, tragué y tragué.
Quería protegeros de vuestro padre, pero tampoco quería que le odiarais. Me partía el corazón pensar eso. Por eso os mantuve al margen de todo esto, aunque ya con tres añitos me preguntaste eso de ¿papá y tú os golpeasteis con lo mismo? Quizá no te acuerdes, pero a mí me llegó al corazón y me destrozó por dentro. Yo tenía el ojo morado y tu padre los nudillos y tú me preguntaste eso. Yo, claro, me tuve que ir corriendo al baño para que no me vieras llorar.
Esa fue otra de mis estúpidas costumbres: esconderme. De vosotras principalmente, erais pequeñitas, tu hermana sigue siéndolo, y no quería que vosotras también recibierais, de distinta forma. No creo que vuestro padre se hubiera atrevido a pegaros a vosotras o, por lo menos, quiero creer que jamás os hubiera puesto una mano encima.
También lo escondí de los abuelos, les partiría el corazón. Pero sobre todo lo escondí de tu tía. Sé que la tía Sandra le hubiera arrancado los cojones de cuajo al enterarse y yo tampoco quería eso por aquel entonces, ahora… Lo de ahora me lo llevo conmigo bajo tierra.
Lo escondí de la policía. Al principio no podía imaginarme una vida sin vuestro padre y no quería ni pensar en él en la cárcel. Después seguí ocultándolo por el miedo a la gente. Al qué dirán, al quedar señalada. No quería ser la maltratada del barrio, no quería que agachasen la cabeza al verme por la calle o al subir la compra por el portal. No me sentía con fuerzas de ser la apestada. Ahora me doy cuenta de que hice mal, de que toda esa gente me hubiera ayudado a salir del pozo en el que yo misma me hundía más y más y más por el lastre de tu padre.
Después de la huelga del 8 de marzo estuve a punto de largarme de casa. Ver a todas esas mujeres en pie, fuertes, defendiendo lo nuestro me despertó algo dentro. Unas ganas de luchar increíbles, pero, claro, lo tuve que ver por la tele mientras tu padre estaba en la oficina porque eso de ir a las concentraciones ni se me pasó por la cabeza. ¿Qué iba a hacer si se enteraba? Así que lo tuve que ver casi a escondidas, escuchaba los gritos y los cánticos por la ventana de la cocina mientras tu padre las ponía a parir. En ese momento casi me voy a casa de los abuelos con vosotras pero algo dentro de mí, de verdad que no sabría explicarte el qué, me ató a tu padre y seguí tragándole.
Quizá no sepas por qué estáis en casa de los abus, aunque después de leer todo esto supongo que lo habrás averiguado. Estos últimos meses todo se ha complicado más, las discusiones aumentaban, tú misma las oías, y no quería que algún día vierais algo que os marcara para siempre. No sé si hice bien o si hice mal. Sólo sé que lo hice por vosotras. Como todo.
Por todo esto, Clara quiero decirte una cosa: no tengas miedo. Nunca. No tengas miedo de volver sola a casa por la noche. No tengas miedo de gritar, no tengas miedo de pedir ayuda y, sobre todo, no tengas miedo de defenderte. Porque ya está bien de aguantar, aguantar y aguantar, de que nos juzguen como si fuéramos suyas, de que nos acosen todos los días, de que nos griten, de que nos silben. Ya basta de ser la espalda de todos los palos. Ya basta de que nos controlen, de que nos peguen. De que nos maten.
Os quiero mucho, Clara. Cuida de tu hermana, siempre. Pero sobre todo, enséñale a cuidarse sola.
Un beso,
MAMÁ.

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