VIDAS DE MIERDA

CICATRICES

INT. SALA DE ESPERA DE UN HOSPITAL – DÍA.
Un cuadrado de sillas viejas rodea la habitación cuya pintura de las paredes está comenzando a desquebrajarse por el paso del tiempo. El techo que en su día fue de un blanco impoluto ahora tiene un color amarillento y en ciertas zonas unos puntitos negros decoran, como si de celosías se trataran, el yeso del viejo hospital. Sí, esos puntitos son consecuencia del moho, no está bien explicar todo, pero seguro que mientras leen esto, están mirando Instagram de reojo.
Bea entra en la sala de espera, busca un sitio libre donde sentarse, pero no lo encuentra. Los viejos madrugan mucho y ya están todas las incómodas sillas ocupadas. Así que nuestra chica se queda de pie apoyada en una de las decrépitas paredes para descansar un poco sus blancas piernecitas. Bea es delgada, algunos dirían que mucho, otros que poco y los iluminados diríamos que nos da igual. Pero hay que reconocer que nuestra Bea es preciosa. Daría igual si pesara 50 kilos más o 50 kilos menos, Bea es preciosa y siempre lo será. Simplemente nació delgada porque su madre se lo permitió (y los genes de su padre algo hicieron también). El fino y rubio pelo de Bea le cae por sus hombros lechosos y adorna su vestido azul que le llega hasta un poco más arriba de las rodillas. Al entrar, más de media sala de espera se ha quedado mirándola. Pero esto no importa, lo hacen con cualquier persona que entra. Es como un ritual, una vez estás dentro, tienes que adoptar sus costumbres y girarte a ver quién es el nuevo espécimen que llega a la tribu.
Bea ha llegado diez minutos pronto a su cita y no sabe qué hacer. Nunca ha sido mucho de interactuar con desconocidos por simple aburrimiento y encima no tiene batería en el móvil. Así que nuestra Bea se entretiene haciendo lo que mejor sabe hacer, escuchar a otros sin que se enteren. En una de las esquinas de la sala, frente a Bea, hay una pareja de ancianos. Tendrán unos setenta y muchos, no sé, no soy bueno para las edades. El hombre viste a la moda del siglo pasado y la mujer lleva la permanente hecha en el poco pelo rosa que le queda. Va extremadamente maquillada y su perfume inunda toda la sala.
– Dos –responde la anciana a una pregunta que Bea no ha logrado oír.
– Yo uno –dice el viejo apoyando sus brazos en el bastón.
– ¿Cuánto tiempo?
– Pues… mayo, junio, julio… tres meses.
– Los míos dos y tres años.
– ¿Y te dan muchos dolores?
– Tienen sus días. Anoche por ejemplo no me dejaron ni pegar ojo, llevaban una temporada muy buena. Muy tranquilos.
Los dos ancianos sonríen tímidamente.
Bea sonríe desde su privilegiada posición en la pared. La conversación entre los viejitos ha despertado en su interior una ternura que llevaba años dormida.
– Asunción López –ordena una voz por megafonía.
– Me toca –dice la señora levantándose a duras penas de su asiento y desapareciendo por una de las puertas.
Pero el semblante de Bea ya no es el mismo. La sonrisa que tenía ha desaparecido al ver a la señora cruzar el umbral de la puerta. Y es que detrás de esa perfecta permanente rosa, había una cicatriz que recorría toda la cabeza por la parte de atrás. Bea se da cuenta de que no era de nietos de lo que estaban hablando, era de…
– Beatriz Alonso –dice la voz de la megafonía.
Bea sale de su estupor y atraviesa otra de las puertas de la sala de espera. En el marco hay un cartel que reza: Oncología.
Sí, con 27 años.



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