SOLEDAD
SOLEDAD
¿Has
imaginado alguna vez cómo sería la Muerte? ¿Su aspecto, su tamaño, su hedor?
Ahora mismo la tengo delante y jamás imaginé que tendría esta forma. La forma
de cuatro soldados apuntando a mi cabeza o a sabe Dios dónde.
Es
cierto eso que dicen. Justo antes de morir se te pasa toda tu vida por delante.
Tus recuerdos de la infancia, tu primer beso, tu primer desengaño, tu primer
polvo… Todo. Cuando esos hombres que tengo ahí delante como pasmarotes rifle en
mano hagan fuego, cuando yo muera, no creo que vaya a echar de menos todo esto.
No tenía nada, no tenía a nadie y creo que por eso estoy aquí. Todos estos años
he evitado el trato con la gente. El mero hecho de salir a comprar el pan y
establecer una conversación con el tendero, me producía una sensación difícil
de explicar. Me pasaba los días en casa. Rodeado de libros, tinta y papel. El
suelo de mi habitación estaba repleto de pelotillas de papel arrugado, de
palabras muertas, de historias sin fin. Y sin comienzo.
Odiaba
mi vida. No hace falta ser un erudito para saber que era desesperante,
aburrida, cargante. Como prefiráis. Yo no tenía nada que ver con los personajes
de mis novelas. Siempre de aventura en aventura y de cama en cama.
Un
día cualquiera, no importa cuál, leí una crítica de mi última novela, El pistolero. Un título muy revelador. Pues bien, el susodicho crítico, un
doctor en Letras afirmaba que en todas mis novelas mostraba mis anhelos, mis
más sinceros deseos. Y todo eso me hizo pensar. Quizá ese hombre tuviera razón
y, en verdad yo no fuera tan antisocial como me pintaba. Necesitaba cambiar.
Necesitaba vivir.
Por
eso, en plena guerra me alisté en un bando cualquiera. No me importaba cuál,
tampoco me importaba por qué luchaban, ni por qué morían. Sólo quería dejar de
estar solo.
Cuando
llegué al campamento-un par de tiendas de campaña mal montadas rodeadas por
algo parecido a una trinchera- era de noche y me dirigí a la tienda más grande,
la del jefe supuse. Me dio un casco, un fusil y suerte. Mucha suerte. La iba a
necesitar, me dijo.
A la
mañana siguiente desperté atrapado dentro de una fosa, entre un mar de
cadáveres empapados en cal. Como pude, fui abriéndome paso entre los maltrechos
cuerpos de los que por un día fueron mis camaradas y logré salir a la
superficie. Una vez arriba, dos soldados me golpearon con la culata de su
escopeta y me llevaron a un bosque donde otros dos se estaban divirtiendo con
lo que quedaba de mi jefe.
Y
hasta aquí me lleva mi historia. Yo solo, delante de cuatro soldados y con
ganas de morir. Es un final digno de mis novelas. Pero no digno de mí.
Siempre
imaginé que moriría solo, en mi casa y posiblemente mientras escribía o
mientras dormía tranquilamente. Jamás había imaginado mi muerte de esta manera;
frente a cuatro uniformados soldaditos apuntando a mi delgada silueta. Se oye
un ruido. Parece que los soldados ya han hecho fuego. Pero sigo vivo, ¿por qué?
De
repente levanto mi cabeza y veo mi escritorio. Estaba dormido. ¿Por qué cojones
estaría soñando? Yo quería esa vida, quería esa muerte. Quiero dejar este
absurdo mundo. Esta absurda soledad que no me lleva a ninguna parte. Por favor
soledad, márchate y déjame vivir. Déjame morir.
#LaMalaVieja
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