LIBERTAD
LIBERTAD
Fría y húmeda celda. Me
encerraron hace ya cuatro años y sigo sin saber el motivo. Cada día es igual al
anterior. Ya no sé diferenciar entre el atardecer de uno y el amanecer de otro.
Todos los días comienzan con
un plato de algo que se supone comida entrando por una pequeña trampilla que
tiene la puerta de esta ridícula estancia en la que espero mi muerte. Pero para
morir antes hay que vivir y no sé si a esto se le puede llamar vida. Siempre es
lo mismo, una especie de puré color mierda y de un sabor inaguantable. Los primeros
días que pasé en este lugar, no podía comer dos cucharadas de aquella masa
viscosa sin que una sonora arcada subiera desde mi estomago a mi garganta. Ya
me da igual. Como lo que me echen. Sin ir más lejos, ayer tenía tanta hambre que
me comí a Daisy. Mientras masticaba su tierno cuerpecito, dos lágrimas enormes
brotaban de mis castaños ojos. No pude terminármela entera. Puse su cabecita
sobre ese montón de paja al que llamo almohada para cada vez que me tumbe,
pueda ver sus diminutos ojos negros y sus bigotitos canosos. Llevábamos juntos
tres años. Por cuántas cosas habíamos pasado. En fin, Daisy, te echaré de
menos.
Por primera vez desde que
estoy en esta celda, he oído voces. Quizá sea mi cabeza o quizá lo haya soñado,
pero las oí. He de confesar que no me alegró saber de la existencia de otros cerca.
Esos especímenes son los que me metieron aquí. No son como yo. Antes de estar
aquí, yo tenía una vida y ellos me la arrebataron. La crueldad humana llega
hasta límites insospechados, yo soy un ejemplo. Ellos me lo quitaron todo, mi
mujer, mi hijo, mis amigos… Todo.
Sigo sin entender el motivo de
mi encarcelamiento. Ellos vinieron a mi casa, mataron a mi esposa, raptaron a
mi hijo y quemaron todo. A veces me levanto en mitad de la noche con los ojos
inyectados en sangre y con visiones de aquello. Fue horrible. Me obligaron a
presenciar cómo dos hijos de puta asquerosos violaban a mi Mery, la ataban a un
caballo y arrastraban su demacrado cuerpo por todos mis cultivos. A mí me tenían
en el suelo con el cuello atrapado bajo un apestoso pie y con el filo de una
espada tocando mi cabeza. A mi hijo lo metieron en una carreta tirada por dos
enormes caballos y lo sacaron de allí. No sé qué habrá sido de él, sólo espero
que no se haya convertido en uno de ellos. Probablemente se lo hayan agenciado
de esclavo. Siempre hacen eso. Arrebatan la libertad a otros por la fuerza, así
se sienten superiores. El mundo está podrido.
Hace frío. El sol parece que
empieza a irse y esta maldita humedad está acabando con mis entrañas. Cada día
que pasa, sangro más al toser. ¿Es esto una vida? Seguro que ninguno de ellos
aguantaría aquí ni la mitad que yo. Si les arrebatan su dinero, sus putas y su
vino, morirían. Eso tampoco es una vida. Son seres totalmente superficiales.
Son una mera fachada. Que les jodan. Que les jodan a todos.
Creo que pasaré otra noche sin
dormir. El frío se me mete en los huesos y por mucha paja que me eche encima no
se me quita.
La verdad es que llevo varios
días pensando en la muerte. Quizá esa sea la verdadera vida, la verdadera
libertad. Pero tengo miedo. ¿Y si por un casual regresara mi hijo? Creo que
gracias a esa esperanza he vivido estos cuatros años, pero cada día de pasa se
desvanece en un mar de amargura, frío y desesperación. No sé si seré capaz de
aguantar mucho más aquí. Me muero por dentro, lo noto. No sé en qué, pero lo
noto.
Ha llegado el momento. Tengo
mis dudas de que sea el adecuado, pero no puedo más. La cuerda que lleva aquí
desde el primer día será mi camino hacia la libertad. También ayudarán la viga
que sostiene el techo y el taburete en el que ahora mismo estoy subido. Adiós,
mundo. Adiós, hijo. Hola, libertad.
#LaMalaVieja
Comentarios
Publicar un comentario