PALETÍSIMOS
PALETÍSIMOS
Vivo
en un pueblo. Esto me concede el privilegio de observar verdaderas maravillas y
absolutas gilipolleces propias de todo pequeño lugar situado bien entre
montañas escarpadas, en inmensas llanuras o en cualquier otro lugar dejado de
la mano de Dios.
A
la mayoría de nosotros nos desagrada nuestro pueblo, debido a la escasez de
lugares de ocio- discotecas para algunos- que conlleva un pesado, largo y
desagradable aburrimiento. No pasa un día en el que no pensemos en nuestra vida
fuera del pueblo, cosa que nos alegraría. Mucho.
Pero…
pobre del extranjero que se meta con nuestro aburrido pueblo, porque le armaríamos
un pollo de tres pares de cojones. Nos pondríamos como fieras, nos meteríamos
con su madre, su padre y su abuela, y suerte la suya si sale con vida. Seríamos
capaces de matar por nuestro pueblo debido al mero hecho de recibir una crítica
objetiva o subjetiva- por parte de algún infeliz que deseé morir- de alguna costumbre, edificio, persona o
piedra que esté dentro de nuestras diminutas fronteras.
Algo
parecido pasó en un pueblo de Soria, Duruelo de la Sierra para ser más exactos.
Un periodista- Fernando del Val- escribió un
artículo titulado Arcángeles, tumbas,
charcos y carpinteros, donde contaba su experiencia en Duruelo. Me llamó la
atención la forma de describir a esas manadas de señores mayores que pasean tan
tranquilamente por la carretera haciendo caso omiso a los cláxones de los
coches, a gritos de desesperados conductores o simplemente a las señales de
tráfico. El periodista establece una relación entre la forma tan peculiar que
las personas mayores tienen de pasear y las manifestaciones. Algo gracioso en
mi opinión.
Pero
no en la de los habitantes de Duruelo. Una vez indignados tras leer el artículo
y, esta vez sí, en forma de manifestación, corrieron a avisar al Excelentísimo
Señor Alcalde para dar buena cuenta de aquel insulto a su pequeña patria. Como
buen hombre de política redactó una queja formalísima-
propia de un hombre de su rango- y la envió al periódico donde trabaja o
trabajaba, no lo sé muy bien, Fernando del Val. En ella se recogían punto por
punto cada insulto, cada agravio, cada injuria, cada ofensa, cada improperio
con su correspondiente valoración, eso sí, consensuada por todo el pueblo. Sin
diferencia de clases.
Fuera
de formalidades, me consta que los habitantes de Duruelo y alrededores se
pusieron como bestias ante tan graves acusaciones exigiendo, como poco, la
cabeza del susodicho periodista o la del director del periódico.
Lo
que pasa es que hay cosas que tenemos que verlas desde dentro. A ninguno nos
gustaría que se metieran con NUESTRO pueblo- para eso estamos nosotros- ni
mucho menos nos gustaría que un extranjero venga aquí a darnos lecciones de
cómo tenemos que andar por la carretera de NUESTRO pueblo. Tampoco nos gustaría
que se metieran con NUESTRAS costumbres o con la certeza de si lo que está
colgado de nuestra iglesia es un ángel o un arcángel. Si por un casual, un
general del mismo rango- ísimamente hablando- que el alcalde de nuestro pueblo,
levantara la cabeza y se la cortara a algún que otro entrometido periodista, no
nos quejaríamos. Tal hazaña, a NOSOTROS,
sí nos gustaría.
#LaMalaVieja
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