CONSPIRACIÓN, PÓLVORA Y TRAICIÓN.
CONSPIRACIÓN, PÓLVORA Y TRAICIÓN.
Ocho de la mañana y el cielo despejado, hacía ya dos horas
que se había levantando el sol de Madrid. Típica mañana de primavera. Un
herrero llamado Julián Morata, de origen humilde, pero con negocio propio, un
privilegio para aquellos tiempos en que todo estaba bajo control de los
franceses, salió de su casa en una callejuela paralela a la calle Mayor. El
herrero, nariz chata, mejillas recién rasuradas y pelo oscuro, era la viva
imagen de la España de aquella sombría época. Se dirigió a su herrería en busca
de un encargo, o eso dijo a sus hijos. Por el camino se encontró con un grupo
de vecinos bastante enfurecidos.
- Dicen que se quieren llevar al Príncipe a Bayona- comentó
uno.
Pasó delante del grupo de irritados vecinos haciendo caso
omiso a sus comentarios, dobló la esquina y entró en su herrería.
- Acompaña a padre, no me gusta que salga solo. Hay mucho
francés borracho aún a estas horas.
- Ya es mayorcito, hermanita.
El sol, entraba por el balcón de aquella casa situada en el
centro de Madrid e iluminaba aquel humilde salón donde hermana y hermano
tomaban el desayuno.
- Ezio, ve a buscarlo, no me fío ni un pelo de padre y de su excusa del pedido- exclamó preocupada
Lolita.
Sin decir ni una palabra y algo picado- solía pasarle a esas
horas de la mañana cuando alguien le tocaba la moral- salió Ezio de la casa
enfundándose su viejo sombrero. Ezio Morata era hijo de una inmigrante italiana
fallecida en el 90- según dijo el médico, por unas fiebres venidas de las
Indias- y de un herrero con cierta reputación en el barrio por sus sucesivos
enfrentamientos en la taberna del cojo
con soldados franceses un poco hartos de vino. Ezio tenía 18 años y trabajaba
con su padre en la herrería, tenía un carácter seco, duro, pero amable,
heredado de su padre. Llevaba las patillas a la moda de la época y su pelo,
heredado de la fallecida madre, era ensortijado y oscuro, muy oscuro.
El aprendiz de herrero se dirigía a la herrería de su padre,
y por el camino se encontró con un grupo de vecinos muy irritados hablando de
ir al Palacio Real a armar bulla. Cuando Ezio llegó a la herrería se encontró a
su padre armado hasta los dientes a punto de salir. Iba cuchillo en mano y una
pequeña navaja metida en la faja, por lo que pudiera pasar.
- ¿Se puede saber dónde vas de esta guisa, padre?- dijo Ezio
en tono inquisitorial.
- Se comenta por el barrio que los franceses están a punto
de llevarse al príncipe don Francisco a Bayona. Pretenden dejarnos bajo el
gobierno de esos miserables gabachos.
- Pero… ¿Y el rey Fernando? ¿No hará nada para salvar a
España?- lamentó Ezio.
- El rey está recluido en Bayona junto a su padre, y
Napoleón no los dejará escapar.
- Padre, voy contigo. No pienso dejar que esta nuestra
tierra caiga en manos de los franceses.
Padre e hijo salieron de la herrería armados hasta los
dientes y se dirigieron a la puerta del Sol, donde ya se congregaban unas
cuantas personas pidiendo a gritos la cabeza de los franceses y vitoreando al
rey Fernando VII.
Julián y Ezio se encontraron allí con un sinfín de
conocidos. Los hermanos Martínez, panaderos del barrio, se dirigieron hacia
ellos para darles la bienvenida.
- ¿Os habéis enterado de lo que pretenden esos hijos de
puta?- dijo el menor de los panaderos.
- Ayer ya se estuvo hablando de eso en la taberna. Un
soldadito francés un poco bebido se fue de la lengua y lo soltó- respondió el
herrero.
- Y según como eres tú… ¿Salió vivo de allí?- dijo entre
carcajadas Antonio, el menor de los hermanos.
Rieron los cuatro, y Julián decidió omitir la respuesta. A
lo lejos se veía que empezaban a llegar más personas y la puerta del Sol comenzaba
a abarrotarse de enfurecidos españoles. Se veía llegar a un grupo de segadores
de Móstoles e incluso Ezio advirtió a su padre y a los hermanos Martínez de la
presencia de un cura. Antonio soltó unos “vivas” hacia la figura de ese cura y
casi toda la plaza se echó a reír.
A Ezio le vino el recuerdo de su hermana, sola en
casa y sin recibir aviso de que iban a estar fuera y sintió un impulso de salir
de esa marabunta de gente y de encaminarse a su casa. Pero ese sentimiento se
le quitó al ver aparecer a un grupo de gente corriendo y gritando.
- ¡Los gabachos! Han empezado a disparar a diestro y
siniestro.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de los cuatro. Julián agarró
cariñosamente el hombro de su hijo, para tranquilizarlo. Ezio hizo lo propio y
agarró la mano de su padre. Asomaban ya
las casacas azules por la calle de las Carretas. Una horda de españoles se
abalanzaron sobre ellos sin darles tiempo a disparar. Clavaron sus navajas de
afeitar y sus cuchillos en el cuerpo de los asustados franceses que no tuvieron
tiempo ni de gritar.
Cuando todos los franceses murieron, la plaza gritó: ¡VIVA
EL REY FERNANDO! ¡VIVA!
La mañana avanzaba y la puerta del Sol era un hervidero de
gente que discutía, gritaba e insultaba. Algunos discutían, pero dándose
mutuamente la razón, algo muy español. Los insultos a los franceses se
encrudecieron al pasar los minutos, y más al oír a lo lejos descargas de
bayonetas. Se extendió el rumor en la plaza de que en el parque de Monteleón,
los franceses estaban recibiendo de lo lindo, y algunos decidieron ir allí para
unirse a la fiesta. Seguían llegando algunas avanzadillas francesas pero
sucumbían a las avalanchas de los españoles. Tal era la costumbre; que Ezio, su
padre y los hermanos Martínez ni se sobresaltaban por los gritos de dolor de
los aterrados gabachos.
Los cadáveres de los
franceses empezaban a amontonarse en la entrada a la puerta del Sol y hacían
casi imposible la entrada de más tropas francesas por la calle de las Carretas.
De repente, un mozalbete de unos 15 o 16 años entró a la puerta del Sol
gritando desesperadamente. Los franceses se acercaban por la Carrera de San
Jerónimo, pero no eran unas simples avanzadillas, era una compañía entera de
Mamelucos acercándose a toda velocidad.
El pánico se apoderó de toda la plaza, pero también les hizo
enfurecer. Todos se preparaban para la lucha. El suelo temblaba debido a las
pisadas de unos 500 jinetes que avanzaban a toda velocidad hacia la puerta del
Sol procedentes del Buen Retiro. Ezio miraba aterrado a su padre que se
adentraba entre la gente para elegir un buen lugar en la desembocadura de la
Carrera de San Jerónimo. Los Mamelucos entraron en la puerta del Sol aplastando
a infinidad de personas y sable en mano iban cortando cabezas y apuñalando a
todo lo que se movía. Los últimos Mamelucos que entraron en la plaza, andaban
sobre cadáveres de mutilados españoles. Pero los franceses también recibieron
lo suyo. Con sus navajas, sus cuchillos e incluso con sus palos, el pueblo
madrileño iba derribando a cada jinete que se cruzaba en su camino. Los herían
en las piernas, mataban a los caballos e incluso les tiraban de sus bestias
para, una vez en el suelo, ensañarse a puñaladas con ellos.
Ezio vigilaba la figura de su padre desde lejos, temeroso
por su vida y con ganas de ir a repartir navajazos. Vio que un Mameluco,
derribaba a su padre pero unos segundos después, Julián se levantaba sano y
salvo para apuñalar por la espalda a un jinete que acababa de ser derribado por
el hermano menor de los Martínez. De repente una enorme figura apareció detrás
del herrero, hiriéndole mortalmente con el sable. Un escalofrío recorrió el
cuerpo de Ezio que instintivamente salió corriendo para arrancar la cabeza, o
lo que hiciera falta, a ese gabacho cabrón que acababa de matar a su padre.
Pero una muchacha se lo impidió. Era joven, tendría la edad de Ezio.
- ¡No vayas allí, no te acerques!- gritó la joven.
Era la mujer más hermosa que jamás había visto.
- Haré lo que me dé la gana- replicó Ezio con muy mala baba.
La joven lo agarró del brazo. Una descarga francesa hirió a
Ezio en un hombro y cayó al suelo. La muchacha junto con dos hombres más lo trasladaron
a una casa en la calle del Carmen.
Ezio despertó a la semana renqueante de su hombro. Junto a
su cama estaba la joven que le salvó la vida, Esperanza.
Tras dos semanas de reposo en casa de aquella joven, Ezio,
completamente curado de su hombro, volvió a casa. Lo acompañó Esperanza, que no
se había separado de él ni un solo segundo desde el disparo. Al llegar a la
humilde casa de la calle del Arenal, se encontraron la puerta abierta. Cuando
Esperanza quiso mirar a Ezio, éste ya había entrado a toda prisa en la casa. Al
subir las escaleras, Esperanza se encontró una imagen brutal: un bulto yacía en
el suelo, Ezio se encontraba de rodillas junto a él llorando y maldiciendo a
todos los Santos que ella conocía e incluso algunos de los que Esperanza nunca
había oído hablar. Esperanza quiso acercarse al joven, pero su espanto se lo
impidió. Bajo sus zapatos se extendía un reguero de sangre que llegaba hasta el
cuerpo de la muchacha tendida en el suelo. Esperanza se sobresaltó al
percatarse de que el bulto del suelo estaba desnudo de cintura para abajo. Ezio
fuera de sí, salió a la calle y empezó a cagarse en las madres de todos los
franceses. La muchacha fue corriendo y llamó a sus dos hermanos que
consiguieron meter a Ezio en la casa antes de que apareciera por allí algún monsieur.
Trascurrieron ya tres años de ese fatal día para la familia Morata y para
todos los españoles en general. Ezio y Esperanza estaban casados y vivían
juntos en la antigua casa de Julián y Margherita, los padres de Ezio.
Ezio consiguió remolcar el negocio del hierro heredado de su padre, y Esperanza
realizaba tareas del hogar, como buena española del momento. Los dos pasaban
desapercibidos entre tanto francés suelto por Madrid, y hacían caso omiso a las
provocaciones de los soldados borrachos. Como buenos madrileños tenían que
cargar con los franceses si no querían meterse en líos.
Eso era lo que aparentaban. Pero las apariencias engañan.
Todo empezó el 6 de Enero de ese año. Antonio Mendizábal,
amigo de la familia Morata y reputado afrancesado en la Corte de José I, fue a
felicitar la Navidad a Ezio y su mujer. Se quedó a comer y tras unos cuantos
chatos de vino empezó a cargar contra sus queridos franceses.
Él afirmaba que había cometido un acto de traición que nunca
se perdonaría contra su patria. Al principio de la guerra, Mendizábal estaba
orgulloso de defender a la Ilustración y su expansión en España. Pero cuando
Napoleón y sus tropas empezaron a matar sin piedad alguna al pueblo español,
Antonio empezó a sentir desprecio hacia los franceses. Siguió toda la tarde
hablando él solo, ante los estupefactos cónyuges que no se creían lo que
estaban viendo. Llegó casi la hora de la cena y Ezio lo invitó a quedarse, pero
Mendizábal rehusó la oferta, puesto que a la mañana siguiente debía ir, a
primera hora, a Palacio para preparar el viaje de Napoleón a Madrid previsto
para abril.
Ezio y Esperanza se despidieron de él y, por fin, se
quedaron solos. Los dos se miraron sin soltar ni una palabra, sus miradas lo
decían todo.
Cuando Esperanza
escuchó que el Emperador vendría a España, su mente dejó de prestar atención al
cortesano y la ira se apoderó de ella. Esperanza también había perdido familia
ese fatídico 2 de mayo. Su padre, un pobre segador, fue fusilado en la
madrugada del día 3, y su hermano de 12 años fue aplastado por la marabunta de
gente que huía de la puerta del Sol.
El matrimonio, pasó toda la noche discutiendo sobre si
debían o no actuar contra la opresión francesa. Llegaron a la conclusión de que
lo mejor sería acabar con el germen de todos los problemas en España, Napoleón.
Y así vengar a sus familiares y a todos los que dieron la vida por la libertad
en esos 3 años de guerra.
Elaboraron un
minucioso plan, pero necesitaban la ayuda de su amigo en la corte. El mes
siguiente, invitaron a Antonio a su casa y le contaron todos los detalles del
plan. Al principio, Mendizábal pensó que sus viejos amigos estaban locos. ¿Cómo
piensan matar al Emperador? El hombre más poderoso de Europa, pensó Antonio.
Meditó el plan durante unos minutos, deseaba con todo corazón que todo francés
presente en España desapareciera más allá de los Pirineos y así liberar al
pueblo de tanto sufrimiento. Pero intentar matar a Napoleón era otra cosa.
Tenía el ejército más poderoso del mundo y las represalias, si el plan no
saliese bien, serían terribles. Esta vez, el corazón pudo más que la cabeza y
aceptó ayudar a Ezio y Esperanza.
Mendizábal era el encargado de designar el servicio de
Napoleón en su visita a Madrid además de atender todas las peticiones oficiales
del Emperador. Esto, cuadraba a la perfección con el plan de los Morata. Ezio y
Esperanza serían los criados de Napoleón y de esta manera, tendrían la
oportunidad perfecta para matar a la persona más poderosa de Europa.
Llegó el día. Eran las 7 de la mañana de un lluvioso día de
finales de abril. Ezio y Esperanza salieron de su céntrica casa de Madrid y se
dirigieron al Palacio Real, donde la llegada de Napoleón estaba prevista para
las 12 del mediodía. Los dos, como buenos criados, atendieron cuidadosamente
las órdenes de Ortuño Aguirre del Corral, Grande de España y mano derecha del
rey, hasta la llegada del Emperador.
Con la puntualidad característica de los franceses, Napoleón
llegó a Palacio a las 12 en punto del mediodía. Nada más llegar, ordenó que le
prepararan su cama porque quería descansar después de tan largo viaje.
Esperanza obedeció las órdenes del Emperador y con un esmero propio de la
Corte, preparó los aposentos de Napoleón.
Ezio y Esperaza estaban nerviosos, se sentían impacientes
por llevar a cabo la jugada maestra de su plan y acabar con la vida del
Emperador.
Llegaron las 4 de la tarde y Napoleón despertó de esa
extraña siesta propia de los franceses, creyó Ezio, y pidió que le prepararan
un chocolate. Esperanza bajó a la cocina y ordenó a las cocineras que
prepararan el chocolate. Cuando estuvo listo, Esperanza subió hasta la
habitación del Emperador dispuesta a asesinarle, pero en su camino se cruzó su
marido.
- Ya me encargo yo de esto, cariño- dijo Ezio con voz
tranquila mientras cogía la bandeja con el chocolate.
- Está bien. Pero quiero que sufra como nosotros hemos
sufrido estos 3 años- dijo Esperanza.
- Tranquila, mi amor.
Ezio jamás había oído a su mujer hablar así. Normalmente era
una mujer tranquila, pero el odio acumulado durante tanto tiempo explotó en ese
momento.
Ezio llamó a la puerta y entró en los aposentos de Napoleón
ofreciendo su chocolate al Emperador. Al ver la figura rechoncha y pequeña de
Napoleón, Ezio se preguntó cómo ese hombre había podido sembrar el terror por
toda Europa. Parecía más bien un agricultor o un moje, y no un Emperador. Lo
único que podía resaltar de aquel hombrecillo eran sus ropajes. Propios de un
monarca autoritario, con todo tipo de joyas e insignias de batalla.
El herrero se acercó a él, y le entregó su chocolate. En ese
momento la mente de Ezio no podía pensar en nada, estaba en blanco. El
Emperador se dio la vuelta, era el momento perfecto para matarlo pensó Ezio.
Las puertas de los aposentos de Napoleón se abrieron con un
gran estruendo, entraron 6 soldados de la guardia real y apresaron a Ezio. En
el umbral de la puerta se distinguía a Esperanza, amordazada y a Antonio
Mendizábal con una sonrisa en la boca y dando órdenes oportunas a los soldados.
El Emperador confundido por la situación, salió de la habitación mientras se
llevaban preso al matrimonio madrileño. Mendizábal le explicó todo lo que había
sucedido, Napoleón dio la enhorabuena al cortesano e hizo llamar a su hermano,
el rey, para concretar una ejecución ejemplar para aquellos traidores.
Salía el sol del día 2 de mayo y todo estaba preparado en la
puerta del Sol. Los primeros grupos de gente empezaban a llegar para ver el
espectáculo, la ejecución del matrimonio más famoso de Madrid, los salvadores, los habían apodado.
Sobre las 12 del mediodía llegaron a la puerta del Sol dos carros en los que se
encontraban el Emperador y su hermano, José I. Los dos se sentaron en la
tribuna, a espaldas de un pelotón de fusilamiento perteneciente a la 1º
División de Infantería bajo las órdenes del famoso capitán Lapadite, héroe en
las anteriores campañas de Italia, bajo el famoso reloj madrileño, rodeados de la Corte, entre los que se
encontraba Antonio Mendizábal. A la media hora, llegaron en un carro algo
destartalado Ezio y Esperanza, preparados para ser ejecutados. Cuando salieron
del carro, el pueblo empezó a vitorearlos y a insultar a los franceses.
Mendizábal tragaba saliva.
Napoleón dio la orden, y los dos conspiradores se colocaron
frente al pelotón de fusilamiento. El horror se evidenció en la cara de todos
los madrileños allí presentes e incluso en algunos afrancesados de la Corte.
El capitán Lapadite desenfundó su sable y se colocó junto a
la disciplinada fila de soldados franceses. El capitán miró a Napoleón y éste
asintió con la cabeza. Todo estaba preparado. Empezaba la cuenta atrás.
- Trois- gritó con fuerza el capitán francés.
Ezio y Esperanza se miraban mientras juntaban sus manos. En
sus ojos se reflejaba la misma ternura de todas las noches tras hacer el amor.
- Deux- gritaba con voz firme el capitán Lapadite.
Ambos seguían mirándose, impasibles ante la cuenta atrás.
- Un- todos los soldados se preparaban para hacer fuego. El
silencio de la plaza, fruto de la tensión, encogía el alma de los presentes.
- Te quiero, cariño- susurró Ezio con una cómplice sonrisa.
- ¡Feu!
Todo se volvió negro.
Madrid, 1844. Cartas a una reina
#LaMalaVieja.
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