EL MIEDO A LO OLVIDADO

«Joder, siempre me toca el lado del sol en los autobuses. Encima me he dejado las gafas en casa. ¿Quién me mandaría a mí volver? Vaya época más inoportuna para morirse. A ver si arranca ya el conductor que sospecho que va a ser el viaje más largo de mi vida.» pensó Diego mientras se acomodaba en su asiento predilecto, el número 39.
A las siete en punto arrancaba el autobús, tres horas de viaje esperaban a nuestro protagonista que intentaba pasar el rato leyendo a Joseph Conrad. A su lado un pequeño de ocho años dormía plácidamente recostado sobre el asiento. El niño daba cabezadas y se despertaba cada diez segundos, Diego lo observaba de reojo y le hacía cierta gracia. Tras una hora de viaje el cuerpo durmiente del niño empezaba a acercarse a Diego y a incomodarle más y más. La cabeza del chico seguía dando bandazos al son de las curvas pero esta vez cayendo sobre el hombro de Diego.
«Lo que me faltaba» pensó Diego «¿Qué clase de padres dejan viajar a un niño tan pequeño solo? Si no sabéis cuidar de alguien, no folléis. Malditos irresponsables.
Harto de aguantar al pobre niño Diego empezó a hacer ruidos disimuladamente para despertarlo. Primero empezó a pasar las páginas de su libro con vehemencia, como no daba resultado empezó a moverse sobre su asiento pero nada, el niño seguía con la cabeza apoyada en su hombro y con una ligera babilla resbalando por la comisura de su boca. Cuando el líquido transparente estaba a punto de caer sobre la chaqueta de Lascoste de Diego, éste reaccionó a la desesperada. Fingió tal ataque de tos que el niño, naturalmente, tuvo que despertarse e incluso los demás pasajeros se volvieron a mirar qué pasaba. Lo que no sabía Diego es que acababa de despertar a la bestia más temible del universo.
Tras el terrible ataque de tos Diego continuó con su libro ajeno a lo que estaba por pasar. El niño, ya despierto, no dejaba de mirar a nuestro protagonista que estaba absorto en las páginas escritas por el literato polaco. Con un sigilo digno del mejor agente secreto de las películas de Statham, el pequeño agarró uno de los auriculares que colgaban de la camisa de Diego y se lo llevó a su oreja.
-Ufff -exclamó el niño- No me gusta.
Diego apartó la vista del libro y miró al niño sorprendido.
-Deja eso -dijo Diego enfadado mientras le quitaba el auricular de la mano y se los guardaba en el bolsillo.
Diego volvió a su libro. El niño estaba inquieto, no paraba de mirar a Diego que hacía como que leía pero en realidad no dejaba de observar de reojo los movimientos del niño.
-¿A dónde vas? -preguntó de repente el niño.
«Cuánta insolencia, joder ¿No puede uno ya ni leer tranquilo sin que le molesten?» pensó Diego mientras cerraba el libro.
-A Cordomar -dijo Diego conteniendo al basilisco que llevaba dentro.
-Mmmmm -dijo el niño mientras se llevaba su mano derecha a la barbilla- eso está cerca de mi pueblo. Un día fui con la bici. Mi papá trabaja allí. Hacía mucho calor. Fui a buscar moras por la senda del río.
«Me importa una puta mierda, chaval.» volvió a pensar el cruel Diego interior.
-Qué bien. -dijo Diego en voz alta volviendo a abrir el libro para ver si el niño se callaba.
Diego reanudó su lectura sin quitar un ojo de encima al niño.
-¿Qué lees? -volvió a preguntar el niño.
Diego dio un gran suspiro, cerró el libro y lo guardó en la mochila que llevaba debajo del asiento.
-El corazón de las tinieblas -dijo Diego con un tono intelectual.- Seguro que no lo conoces.
-Mmmm -exclamó el niño volviéndose a llevar la mano a la barbilla- No, no sé cuál es.
«Ya lo sabía, enano. Vas a conocer tú ahora los clásicos de la literatura.» pensó Diego.
-Pero seguro que mi padre lo conoce. Es muy listo. Es profesor.
-Seguro. Un cutre maestro de escuela de pueblo va a saber más que yo. -dijo Diego casi susurrando.
- ¿Por qué vas a Cordomar?
-Es el pueblo de mis padres y se ha muerto un viejo amigo de la familia.
El niño bajó la cabeza algo incómodo y guardó silencio. Ahora el silencio empezaba a incomodar también a Diego.
-Y... -continuó el niño- ¿eráis muy amigos?
-Lo fuimos hace un tiempo. -contestó Diego- Era muy amigo de mi padre pero cuando me fui perdimos el contacto. Nunca lo volví a ver.
El silencio incómodo volvió otra vez a invadir al niño y a Diego que ahora miraba por la ventana.
«Jodido niño. Tiene que venir a amargarme el día, con lo bien que estaba yo siguiendo a Marlowe río abajo. Pobre Agustín. Lo que tuvo que pasar con el puto cáncer, espero por lo menos que no fuera tan malo como el de papá. Ni tan jodido como el Alzheimer de mamá. Dios, qué época más asquerosa. Menos mal que dejaron de sufrir. Espero que pongan a Agustín cerca de la tumba de mis padres, así aprovecho el viaje. Pensándolo mejor, no sé por qué vengo. No tengo nada, no tengo a nadie, tampoco éramos tan amigos... Quizá hubiera sido mejor haberme quedado en casa.» pensó Diego.
El autobús paró en una carretera desierta donde un coche esperaba. El niño cogió su pequeña mochila y se levantó del asiento andando hacia la puerta. De pronto el chico se paró en pleno pasillo y giró la cabeza hacia Diego preguntando:
-¿Y si no tienes nada ni a nadie por qué vuelves?
Diego se quedó helado.
El niño se volvió a girar, se bajó del autobús y se metió en el coche con su padre. Diego le seguía atónito con la mirada. No sabía qué acababa de pasar. Pensó que quizá había oído mal, era imposible que el chaval le hubiera leído la mente. Incluso dudó de haberlo dicho en voz alta.
El autobús se volvió a parar. A Diego le pareció algo pronto, pero llevaba cinco minutos dando vueltas en su cabeza a lo que acababa de pasar con el niño. Diego cogió sus cosas y se apeó del bus. Había llegado a Cordomar.
Diego abrió con cierta dificultad la vieja puerta del número 29 de la calle Real y entró en la casa. Todo estaba a oscuras. Avanzó a tientas por el largo pasillo, pulsó un interruptor con la vaga esperanza de poder ver algo, pero no funcionaba. Llegó a lo que parecía ser el salón, corrió las cortinas y los rayos de sol iluminaron la estancia por completo. Un mundo de recuerdos cayó como un yunque sobre la cabeza de Diego. Junto al enorme ventanal había una pequeña mesa camilla provista de una falda de tela verde oscuro. Diego se acercó, levantó la tela y observó que el brasero todavía tenía cenizas. La imagen de los fríos inviernos de su niñez apareció en la cabeza de Diego. Recordaba cómo sentado junto a su hermano Luis con las piernas al calor del brasero escuchaba las historias más emocionantes de los caballeros más valientes contadas por el mejor narrador del mundo, su padre. Acarició la tela de la mesa y siguió caminando por el salón observando cada detalle; todo seguía igual desde el funeral de su madre Carmen: las fotos de la comunión, de la boda, sus sobrinos, sus primos... Pegado en el mueble de la televisión había un papel, Diego se acercó y se detuvo frente al folio. En el papel había dibujadas cuatro mariposas, dos significativamente más grandes que sus compañeras y estaban coloreadas anárquicamente como si lo hubiera hecho un chiquillo de tres años. Debajo de cada mariposa había un nombre escrito: bajo las dos más grandes podía leerse Manuel y Carmen, bajo las dos más pequeñas Luis y Diego. En la esquina inferior del papel había una firma, el trazo era irregular como si la persona que lo hubiera hecho temblara. La letra era similar a la de un niño. En la rúbrica podía leerse con cierta dificultad “Carmen”. Una lágrima empezó a bajar por la morena mejilla de Diego que miraba el papel absorto. Su labio inferior empezó a temblar, estaba a punto de romper a llorar pero se dio la vuelta y abrió una puerta.
La habitación estaba completamente a oscuras pero Diego, como si de un murciélago se tratara, sorteó los diferentes obstáculos hasta llegar a la ventana, levantó la persiana y el sol penetró en el cuarto. Una enorme cama de matrimonio presidía la habitación, sobre ella y colgado de la pared un cristo de madera. Siempre le dio miedo esa figura y por eso no entraba mucho en la habitación desde que murió su padre. En la cómoda todavía había fotos de sus padres. Se acercó a mirarlas, una le llamó especialmente la atención. Estaba él con seis años subido en una bici azul, no llegaba a los pedales y su padre con una sonrisa en la boca sujetaba la bici mientras miraba a la cámara. Diego observaba la foto mientras sonreía. La dejó en la cómoda y observó otra vez la figura del cristo. En el fondo quizá no era eso lo que le daba miedo. Bajó la mirada hasta la cama y una imagen horrible apareció en su cabeza. Recordó una tarde de verano, él tenía ocho años y jugaba en el salón a pesar de que su madre le tenía prohibido hacerlo para que dejara descansar a su padre. De repente la puerta de la calle se abrió y una pequeña corriente de aire abrió la puerta de la habitación de su padre. Diego se acercó para cerrarla pero lo que vio en la habitación nunca se le fue de la cabeza. Su padre estaba tumbado en la cama, tenía un color amarillento y había perdido un peso considerable. Se le notaban las costillas y los huesos de los pómulos. Junto a la cama había una extraña máquina que movía un fuelle. De la máquina salían muchos tubos que estaban conectados a la boca de su padre. Esa imagen jamás se le borraría de la cabeza. Definitivamente no era el cristo lo que le mantenía alejado de esa habitación.
De pronto el timbre sonó.
«Odio esta casa y este pueblo. A ver si llegan pronto las siete para coger el bus de vuelta. Empiezo a estar harto de tanta mierda.» pensó Diego mientras se dirigía a abrir.
Una figura familiar apareció en el umbral. Era una chica morena de ojos marrones y mirada penetrante. Diego se quedó mirándola en silencio, una leve sonrisa se dibujó en su cara. La conocía.
-¿No me vas a invitar a entrar? -preguntó la chica.
Diego reaccionó y volvió de su trance.
-Vamos a dar un paseo, Carla. Ya he tenido suficiente en esta casa.- dijo Diego cerrando la puerta.
Eran las cinco de la tarde y el sol iluminaba a la pareja que paseaba por un sendero cercano a una vieja vía abandonada. Una pequeña hilera de vapor salía de sus bocas cada vez que hablaban, el invierno en Cordomar era muy frío.
-¿A qué hora es el entierro? -preguntó Carla.
-A las seis, pero tendré que salir antes. En media hora o así porque el cementerio está lejos.
-Si quieres vamos paseando hasta allí.
Diego asintió con la cabeza. Estaba extrañamente contento, desde que se fue de Cordomar no había sentido esa rara felicidad que en ese momento le invadía por dentro. No sabía muy bien cómo comportarse con Carla. No después de lo que había hecho antes de irse a Madrid. Ya no tenía tanta confianza con ella, o por lo menos no sabía si la tenía.
-Y... supongo que después te irás, ¿no?
-Sí, en el autobús de las siete. -replicó Diego.
-No pierdes el tiempo, ¿eh? -contestó Carla en un tono de reproche.
Los dos se quedaron en silencio.
-¿No puedes ni quedarte una noche aquí, en tu casa? Joder, Diego.
-No es mi casa, Carla. Ya no. Es un puto mar de recuerdos, de malos recuerdos. No quiero pasar en este pueblo más de lo necesario.
-¿Por eso te fuiste la última vez? ¿Por los recuerdos?
-Sí.
-Y, ¿qué pasó con los que estábamos a tu lado? ¿Qué pasó conmigo? ¿Yo no tuve que vivir con tu recuerdo? Diez años he estado andando por estas putas calles y no ha pasado un solo día en el que no me acordara de ti. En el que no me acordara de cuando me besaste en el torreón, o de nuestras noches de estrellas en el castillo ¿Te acuerdas? Diez años llevo paseando por este mismo camino y acordándome de nuestros paseos infinitos. Pero claro, es más fácil esconderse.
Diego seguía caminando mirando al suelo mientras Carla le miraba. Una lágrima resbalaba por sus morenas mejillas y sus ojos comenzaban a ponerse rojos.
-Por Dios, Diego crece de una vez. No puedes estar huyendo toda la vida. -dijo Carla mientras se iba.
Diego se quedó observando cómo la chica se alejaba deprisa de él y desaparecía tras la colina.
Llegaron las seis y el cementerio empezó a llenarse de gente. El párroco comenzó el oficio. Carla estaba en primera fila abrazando a la mujer de Agustín que era un mar de lágrimas. Con la mirada no paraba de buscar a Diego entre la multitud pero no lo encontraba.
«El muy gilipollas ni se ha quedado al entierro» pensó Carla.
La noche había caído en Cordomar, era media tarde y un manto de estrellas ya iluminaba el pueblo. Los termómetros marcaban menos dos grados y la mínima esperada era de menos cinco. El castillo de Cordomar era todo un referente en la comarca, fue muy importante durante la Reconquista y siempre atraía a turistas amantes del arte. No quedaba gran cosa de la fortaleza, pero según los entendidos debió ser majestuosa en sus años más esplendorosos. Los restos estaban iluminados por dos grandes focos de una luz naranja intensa y había un mirador desde el que se podía admirar todo el pueblo. La verdad es que la vista desde allí arriba dejaba a uno sin palabras. Los campos de cebada formaban un manto verde que se fundía en armonía con la arquitectura romana del casco histórico del pueblo. La imagen era bellísima miraras donde miraras. Y Diego lo sabía. Estaba tumbado en la hierba observando las estrellas con una enorme sonrisa en la boca.
«Ojalá Carla estuviera aquí.» pensó Diego.
Con algo de retraso el autobús con destino Madrid paró en la estación de Cordomar. Los pasajeros se subieron y el coche emprendió su camino hacia la capital. El autobús pasó al lado de Carla, durante un instante pensó en levantar la mirada y buscar a Diego entre los viajeros, pero cambió de idea y siguió su camino sin ni siquiera mirar. El autobús pasó de largo y dejó atrás Cordomar con el asiento número 39 vacío.





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