A MAN DRESSED IN BLACK

Hacía uno de esos días tristes. Esa clase de días en los que sabes que nada irá bien. Estaba nublado, nada raro en noviembre, pero era un nublado extraño. Algo peculiar. Era como si ese día no hubiera amanecido. Había muy poca luz en la calle, una humedad asquerosa y un frío más o menos agradable.

Sinceramente os digo que no sé por qué salí a la calle. Soy un hombre hogareño, de esos que se lo pasan mejor haciendo nada en casa que haciendo cualquier cosa en la calle. Pero ese día salí. Iba caminando por la calle que hay junto a la Almudena, esa que es cuesta arriba, no tengo ni idea del nombre. Nunca he sido muy bueno para acordarme del nombre de las calles, tampoco he sido muy bueno para recordar el nombre de las personas. Bueno, el de las personas que no me interesaban. Ahora mismo solo puedo acordarme de un nombre.

Cuando llevaba un rato subiendo la infernal cuesta, me empezó a dar flato. Ya os he dicho que no suelo salir de casa así que mi forma física es bastante lamentable. Me paré en una esquina y me apoyé en la pared para disimular mi asfixia o para evitar desmayarme, todavía no lo tengo claro. Después de unos segundos recuperé el aliento, levanté la cabeza y la vi. Solía quererla tanto.

Estaba sentada en el mismo sitio en el que la vi por última vez. En el mismo café. Joder, estaba preciosa. Y sola. Creo que estaba bebiendo un té, la verdad es que de eso no me acuerdo muy bien porque no podía parar de mirarla. Pensé en entrar. Lo pensé mucho. Pero, claro, ¿qué se supone que debía decir? Sobre todo después de tanto tiempo. Era una locura, y lo sigue siendo. Pero, como ya os he dicho, tenía el día raro y entré. Me armé de valor y entré.

No tenía un plan, no sabía qué decir o qué hacer. Simplemente me senté a su lado. Ella sonrió y me dijo "¿Cómo estás? Ha pasado mucho tiempo." Dios, de cerca estaba aún más guapa. Estaba contenta de verme, casi podía leer sus pensamientos. Quizá si le recordaba los buenos momentos que pasamos juntos querría volver a estar conmigo. Quizá, sólo quizá. Pasaríamos la noche juntos, como si nada hubiera pasado y empezaríamos donde lo habíamos dejado. (Me ha salido una rima increíble, ni que fuera yo un poeta muerto.) Mi cabeza se llenaba de dudas y algo dije. De verdad que no me acuerdo de qué fue, solo recuerdo su repuesta porque me hizo olvidar todo lo demás. Se levantó, me dio la espalda y se fue. Al salir por la puerta se giró y me dijo algo que no podré olvidar jamás: "Sí, necesito algo, pero tú no lo tienes." Y después de eso desapareció calle abajo.

Me quedé allí en el café con la mirada fija en la puerta toda la mañana. Pensando, recordando y llorando. Solía quererme tanto.






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