DESPACHO 2538
PARTE II
Dos semanas
más tarde la joven estudiante recibió la tan esperada nota del examen que habría de llevarla a cumplir sus más obscenas
fantasías.
3,75.
Perfecto, tal y como habría previsto.
Esbozó
una sonrisa que de inocencia nada albergaba.
Sí−pensó−, todo según lo previsto.
El sonido del timbre la sacó de sus
pensamientos. Dos en punto. Hora de irse a casa.
Se
levantó lentamente y recogió los útiles escolares de encima de la mesa mientras
sus compañeros abandonaban la clase.
Cuando
el último de ellos atravesó el umbral de la puerta, ella cogió el examen y se
dispuso a depositarlo, orgullosa, en la mesa del profesor.
Lo
posó con violencia y se dio la vuelta con un sensual movimiento de cabello, el
cual no pasó desapercibido por el profesor, que se quedó mirando el perfecto
culo de su alumna mientras caminaba, a
través de unos pantalones de cuero perfectamente escogidos.
Cuando
la joven estaba a punto de cruzar la puerta, el apuesto profesor entonó con
firmeza:
−A las seis en mi despacho. No faltes.
La joven
apenas probó bocado durante la comida. Los suculentos canelones de carne que su
madre preparaba y que ella adoraba se quedaron enteros mientras ella, con la
mirada perdida y los muslos empapados pensaba en la tarde que tenía por
delante.
A las
cinco comenzó a prepararse. Tomó una ducha y se puso el conjunto de lencería
más sexy que tenía; unas bragas de encaje rosas y un sujetador a juego. Media
hora antes de la cita con el profesor, la joven salió de casa con destino a la
facultad.
Como
presuponía, llegó con cierta antelación, lo que le permitió juguetear un poco
con su imaginación, llevando la mente al límite de su poderío.
Se
encontraba ya frente a la puerta del despacho del profesor.
Tocó
tímidamente, pues la vergüenza y el ansia se habían apoderado de su persona momentáneamente:
−¿Se puede?
La
joven se quedó frente a la puerta esperando una respuesta que no llegaría.
Repitió el ritual tres veces más y la respuesta fue la misma. Nada.
La
chica muy triste y apenada, salió de la facultad rumbo a casa, con la cabeza
gacha. Su mente comenzó a apoderarse de ella <<¿Cómo has podido ser tan
idiota? Es un jodido profesor, no tienes nada que hacer>>, pensó.
La
joven atravesó el parque que separaba la facultad de su casa, se detuvo un
momento y volvió la vista con la esperanza de encontrar al profesor, pero nada.
Dos
enormes gotas de un líquido salado y transparente brotaron de sus ojos,
entonces, rojizos y continuó su camino.
Minutos
más tarde decidió sobreponerse a la tristeza y utilizar la lógica y la
inteligencia. Él había dicho claramente que a las seis en su despacho. Fuera
por lo que fuera. Él lo había dicho, y un profesor no tiene por qué faltar a su
palabra.
Había
tenido su polla en la boca, sí, pero eso ahora quedaba de lado. Quién sabe si
quería hablarle de cualquier otra cosa... del desastroso examen, por ejemplo.
No se
daría por vencida, y desde luego, su entrepierna tampoco.
Al
llegar a casa decidió mandar un correo al profesor.
“Hola:
He acudido a la cita, tal y
como usted me pidió, pero no se encontraba en el despacho. Le ruego que me
ofrezca una explicación.
Gracias.”
Toda
la tarde y buena parte de la noche estuvo la joven frente a la pantalla de su
ordenador. Ante el caso omiso del profesor decidió meterse en la cama.
A la
mañana siguiente, se levantó con la misma esperanza que tienen los niños en el
día de Navidad; ese hormigueo justo antes de vislumbrar los regalos bajo el
árbol. La muchacha abrió el portátil y vio que en la bandeja de entrada tenía
un mensaje. Su corazón comenzó a latir descontroladamente y su pálida mano
comenzó a temblar. Abrió el correo y, efectivamente, era del profesor.
“Estimada alumna:
Siento de todo corazón no
haber podido asistir ayer a la cita, me
fue imposible. El jefe de mi departamento organizó una reunión a la que debía
asistir y me enteré justo cuando me dirigía al despacho, por tanto no pude
avisarte. Mis disculpas.
En consonancia a esto, quería
preguntarte si te viene bien repetir la cita en mi despacho hoy a la una.
Confirma tu asistencia.
Un cordial saludo.”
Sentía
un latir tan fuerte entre sus piernas, que por un instante tuvo miedo de que
alguien en el bloque de pisos pudiera
oírlo. Eran las once, tenía tiempo suficiente para prepararse y salir.
Precipitadamente articuló a escribir:
“De acuerdo, allí estaré.
Saludos.”
Y con
esto, empezó a pensar a una velocidad sobrenatural, qué ropa se pondría para la
ocasión. Tan sólo eran las nueve, pero ya se le hacía tarde. Finalmente optó
por unas bragas negras tipo brasileñas y
un sujetador del mismo color. Este conjunto se le antojaba ideal. Las bragas
tan sólo le cubrían la mitad del trasero dejando la otra mitad al descubierto y
el sujetador, al tener cierre delantero le juntaba los pechos, por lo que −ella pensó−
estaría
francamente deseable. Escogió, entonces, una minifalda de cuero, que le hacía
unas piernas espectaculares y un top de color azul que resaltaba sus enormes
ojos.
Por
último, para colmar su cuerpo, escogió unos zapatos de no excesivo tacón que
realzaban su figura. Se pintó ligeramente los labios y sonrió divertida al
pensar en el pene del profesor tintado del carmín rojo que estaba entre sus manos. Salió por la puerta y tras
un camino, que parecía interminable, llegó a la facultad.
Buscó
con ansia el despacho y, con el corazón y la entrepierna latiendo a toda prisa,
picó en la puerta del profesor:
−¿Hola? ¿Profesor, se puede?
Sonó
entonces la voz del profesor, seca y varonil, como música para los oídos de la
joven:
−Adelante.
La
joven lanzó un suspiro de alivio y entró en el despacho 2538 de la facultad.
La habitación no era muy grande y tampoco estaba excesivamente decorada. Lo que más llamaba la atención era el majestuoso escritorio color caoba sobre el que había un ordenador portátil y un par de figuritas que le resultaban familiares, pero que no recordaba de qué.
La habitación no era muy grande y tampoco estaba excesivamente decorada. Lo que más llamaba la atención era el majestuoso escritorio color caoba sobre el que había un ordenador portátil y un par de figuritas que le resultaban familiares, pero que no recordaba de qué.
Frente
al escritorio se erguía una inmensa estantería repleta de libros cuidadosamente
ordenados alfabéticamente.
La joven avanzó hacia el escritorio tras el que se hallaba sentado el profesor y con la voz más provocativa que pudo dijo:
La joven avanzó hacia el escritorio tras el que se hallaba sentado el profesor y con la voz más provocativa que pudo dijo:
−¿Quería verme?
Vaya-pensó
el profesor- está realmente deseable, preciosa. Su pene despertó súbitamente,
quería verla de más cerca.
−Sí, siéntate.
La
conciencia del profesor gritó al instante: ¡No! Maldita, sea, que no se
siente... Bah, demasiado tarde.
−Quería hablarte del último examen. Está realmente
desastroso.
La
joven rió a carcajadas para sus adentros. ¡Desde luego que estaba desastroso!,
pero sencillamente se limitó a decir:
−Si...bueno, hay cosas que no termino de comprender...
Se
quitó la chaqueta y la depositó sobre la silla. Retiró su melena rubia hacia
atrás, dejando el escote al descubierto, y decidió que tomaría una actitud
inocente pero seductora, a pesar de que sus impulsos la lanzaban inminentemente
hacia la bragueta de su educador.
Este
había sacado el examen de la chica y lo repasaba con mirada crítica
−Pues sí, joven, tienes unos vacíos bastante grandes,
dejas cosas incompletas, no especificas, utilizas términos ambiguos... ven,
acércate.
La
estudiante se levantó jovialmente a la orden del profesor y se colocó a su
lado, apoyándose en la mesa con el antebrazo.
Observaron
ambos el examen durante unos segundos y entonces el profesor comenzó a
acariciar con su mano derecha la parte interna de los suaves muslos de su
alumna, mientras sentía como se le aceleraba el pulso y su pene aumentaba de
tamaño considerablemente.
La
joven miró al profesor lascivamente y añadió:
−Bueno, quizá usted...pueda llenar esos vacíos de los
que habla, ¿no le parece?
El
seductor docente agarró a la alumna con su brazo izquierdo y con un fuerte
tirón la sentó sobre sus rodillas.
Inmediatamente, la joven sintió en su trasero como el miembro erecto del profesor le producía un suave y agradable punzamiento. La joven no pudo resistir más y rodeando al hombre con sus finos brazos lo besó. El beso se prolongó unos cuantos segundos y cuando sus lenguas se separaron, quedándose a escasos milímetros el uno del otros, se miraron. El mundo se detuvo a su alrededor y en esa situación permanecieron varios minutos.
Inmediatamente, la joven sintió en su trasero como el miembro erecto del profesor le producía un suave y agradable punzamiento. La joven no pudo resistir más y rodeando al hombre con sus finos brazos lo besó. El beso se prolongó unos cuantos segundos y cuando sus lenguas se separaron, quedándose a escasos milímetros el uno del otros, se miraron. El mundo se detuvo a su alrededor y en esa situación permanecieron varios minutos.
Como
si de una señal se tratase, rápidamente los dos volvieron a besarse pero esta
vez con más lascivia. El profesor levantó bruscamente a la alumna y de un
empujón la apoyó sobre el escritorio arrancándole la blusa.
Estrujó
los tersos senos de la chica con ambas manos mientras le acariciaba el cuello
con la lengua.
Ella gemía suavemente de excitación aumentando así el deseo y la brusquedad del profesor, que terminó por arrancar el sujetador, sorprendiendo a la fémina gratamente.
Ella gemía suavemente de excitación aumentando así el deseo y la brusquedad del profesor, que terminó por arrancar el sujetador, sorprendiendo a la fémina gratamente.
La
obligó a darse la vuelta y la inclinó sobre el escritorio.
Levantó
su falda de cuero y contempló su precioso culo femenino. Pasó la mano derecha
por toda su superficie sintiendo su suavidad y consistencia, a medida que
aumentaba el deseo de poseer a la irresistible alumna.
Metió
la mano entre las piernas de la chica y acarició su sexo a través de las
mojadas bragas, excitándose hasta límites insospechados, al comprobar el
aumento en la intensidad de los jadeos de la joven.
Con
una excitación impropia de los humanos, el profesor se desabrochó torpemente el
cinturón mientras con su mano derecha seguía acariciando la vagina de la joven,
cuyos gemidos iban cobrando más y más intensidad.
El
profesor sacó su enorme y grueso pene de sus bóxer color negro y comenzó a
acariciar con el la vagina de la joven, mientras sus manos estrujaban el prieto
culo de la alumna.
Podía
sentir en su glande la humedad que desprendía la excitación de la joven,
excitándolo a él hasta el punto de no poder resistir más.
Entonces
con su mano derecha colocó el pene en la entrada de la vagina y cogiendo de las
caderas a la joven, la penetró con fuerza, haciendo que esta se empotrara
contra la mesa a la vez que lanzaba un gemido de placer retenido.
Una y
otra vez el profesor empotraba a la alumna contra su vientre introduciendo su
pene en la, ya, más que dilatada vagina de la joven.
El
profesor jadeaba insistentemente y la alumna gemía de manera estridente, cosa
que excitaba de manera inimaginable al docente.
La fuerza y velocidad con las que el profesor impulsaba a la joven comenzaron a aumentar, al igual que la respiración de este. Rápidamente y soltando un grito desgarrador, sacó su pene de la más que mojada vagina y agitándolo con su mano izquierda expulsó una cantidad importante de semen sobre la espalda de la joven, que se dio la vuelta para mirarlo con una sonrisa dibujada en su cara de placer.
La fuerza y velocidad con las que el profesor impulsaba a la joven comenzaron a aumentar, al igual que la respiración de este. Rápidamente y soltando un grito desgarrador, sacó su pene de la más que mojada vagina y agitándolo con su mano izquierda expulsó una cantidad importante de semen sobre la espalda de la joven, que se dio la vuelta para mirarlo con una sonrisa dibujada en su cara de placer.
Tras
unos segundos la alumna quiso apuntar algo.
−¿Va a comprarme
un sujetador nuevo?
Dijo ella con tono jocoso.
El profesor, todavía asimilando el
placer no supo reaccionar:
−¿Qué?
La joven, divertida, cogió el sostén
del suelo y se lo lanzó:
−¡Me lo ha
arrancado!¿recuerda?
Esperó con una sonrisa ladeada la
respuesta del profesor, que bajó la mirada para ver qué era lo que la preciosa
joven quería decirle.
−Oh… si… claro,
por supuesto…
La chica cada vez parecía más divertida
con la situación
−Ja ja ja, era
una broma, no sea estúpido.
Cogió el sujetador que reposaba sobre
el pecho del complacido profesor.
−Trataré de
arreglarlo yo misma.
Tomó un clip que se encontraba sobre el
escritorio del profesor y apañó el sujetador malamente. Le serviría para llegar
hasta su casa.
Se puso la blusa y se colocó la falda
bajo la atenta mirada del docente, que decidió hablar.
−Respecto a tu
calificación…se me ha ocurrido que podría darte algunas clases particulares.
La chica no cabía en si de júbilo y
felicidad...pero decidió reservar sus sentimientos sólo para su goce y
disfrute. Se apoyó en el escritorio del profesor y tras unos segundos de
silencio, respondió la más tranquila que fue capaz:
−Me parece una
excelente idea.
El profesor asintió con la cabeza
levemente, y entonces la chica añadió inocentemente:
−Y eso cuando lo
ha pensado, ¿antes, durante o después de magrearme y “ultrajarme”?
Él, únicamente alzó la mirada con una
imperceptible sonrisa.
−Te mandaré un
correo con las horas. Confirma si te viene bien.
La joven entonces, se aproximó al
profesor con un saltito y dio un pequeño beso a su pene que reposaba
tranquilamente.
Se dio la vuelta y salió por la puerta,
no sin antes haber dirigido a su profesor una sonrisa cargada de intenciones.
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