DESPACHO 2538


PARTE I

Respecto a lo que has anotado en el trabajo acerca de la política actual, te daré mi opinión.
“No creo que esos “líderes” que se sientan en sus escaños sean tan malos como dices. No creo ni mucho menos que quieran una sociedad lela con falta de sentido común, con falta de criterio.
Hoy en día la clase política está corrompida por el ansia de poder, por el ansia individual. No olvidemos que la política fue concebida para el bien común y no el propio, pero de todas maneras, no creo que todos sean así, ni siquiera que sean una mayoría.
El argumento… ese, de que quieren una sociedad esclavizada, obediente y esas cosas, es el típico discursillo de la izquierda más ignorante, en mi humilde opinión, aquella que ni siquiera concibe un sistema como tal, sino que cedería el mundo a la anarquía y eso, querida, no llevaría a ningún lado.
Esa opinión siempre ha ido ligada a la que tu dices y las dos, en una sociedad moderna, son inconcebibles.”

La joven estudiante no se había perdido ni una sola palabra de su interlocutor  y cuando este terminó su discurso, bajó la mirada avergonzada por el error que había cometido.
El profesor, notando la reacción de su inexperta alumna, la agarró de la cadera y la sentó en sus rodillas, provocando una fuerte reacción en la chica, que intentó zafarse vanamente durante un largo segundo.
Podrás aprobar la próxima vez, si te esfuerzas algo más.
Verá… usted no lo entiendo, me he esforzado al máximo en este examen, desconozco qué más podría hacer.
La chica se encontraba tan confundida que apenas había acertado a encontrar las palabras de respuesta ante la afirmación de su educador. Tímidamente y abatida, añadió…
¿Qué… más podría hacer para aprobar?
No sé dijo el apuesto profesor mientras se desabrochaba la bragueta de su oscuro vaquero y miraba a la muchacha con cara intrigante y una pequeña sonrisilla.
La pálida chica agrandó entonces sus enormes ojos azules con un gesto de leve sorpresa y simultáneamente deslizó la mano hasta ponerla sobre los calzones del insolente profesor. Acercó su boca a la oreja de éste y comenzó a lamerla suavemente mientras la mano que había depositado sobre los calzones comenzaba a moverse con delicadeza presionando el miembro erecto del profesor. Éste se relajó sobre la acolchada butaca y estiró las piernas. La joven de ojos azules se arrodilló mientras su mano recorría el pecho del macizo educador. Con la mano izquierda sujetando el pesado y enorme pene del profesor, abrió la boca y levantó la cabeza. En ese momento el profesor la estaba mirando con los ojos entornados de placer. La muchacha bajó la vista y se introdujo el miembro en la boca mientras con su mano lo agitaba una y otra vez. Lo recorrió con la lengua varias veces, mientras lo metía en su tierna boca. Se lo introdujo casi hasta llegar a la garganta, notando agradablemente su suavidad y dureza en el paladar, en la lengua y en cada recóndito lugar de sus entrañas. No podía evitar lanzar pequeños gemidos de excitación que le llevaban a hacer su tarea con más lujuria, detalle y osadía. Dejó entonces el pene en la mano derecha mientras llevaba la izquierda a soltar su sujetador azul. El profesor cuidadosamente levantó el pequeño top de la pálida joven y escrutó sus pechos mientras le exigía silenciosamente que siguiera realizando su cometido, pues no estaba dispuesto a ceder ni por un solo segundo al inmenso placer que la joven le estaba proporcionando.
La chica, plenamente excitada, recorría con el suave glande sus labios y cerraba sus nórdicos ojos en señal de placer. Siguió largo rato desempeñado esa agradable tarea hasta que el profesor comenzó a estremecerse. Un burdo escalofrío hizo temblar al docente que agarró fuertemente el pelo de la muchacha hasta el punto de producirla daño. La joven no hizo ademán alguno de queja. Los ojos del profesor comenzaron a tornarse blancos y su pene comenzó a palpitar desorbitadamente. La joven sintió que en su boca se introducía un líquido cálido procedente del miembro que agitaba con presteza. La gran cantidad de semen que expulsó el profesor hizo que una parte del líquido lechoso se derramara sobre los tersos pechos de la joven. Mientras, la respiración del profesor había aumentado y de su boca salían unos gemidos ensordecedores acompañados de unos fuertes espasmos que casi le hicieron caerse de la silla. Cuando el profesor se calmó un poco, la joven sacó el pene de su boca y se limpió los pechos con un pañuelo que sacó de su bolso azul; se puso el sujetador, la camiseta y se levantó.
El profesor, exhausto, sólo pudo pronunciar dos palabras antes de caer en un estado catatónico profundo:
Estás aprobada.

La joven regresó ese día a su casa con un agridulce sabor de boca, también en sentido literal. Se sentía sucia por haber acometido con tan sucia empresa, pero por otra parte, el solo recuerdo del enorme pene del profesor le producía tremendas palpitaciones en el vientre, acompañadas por un hormigueo en el estómago que le hacía sentir extrañamente excitada. Muy excitada.

En los sucesivos días, durante las clases de historia, al encontrarse frente a frente con el causante de su conflicto moral y sentimental, no podía evitar sentir la suavidad del pene de este surcándole el paladar.
Por lo que finalmente tomó una decisión.
 No se le daba mal la historia, era un hecho, pero quizá podría poner de su parte para… reducir su nota real a la mitad, y así conseguir lo que faltara con métodos más o menos lícitos.
Sonrió para sí satisfecha con la idea.

Oliver Heras & Laura Antón
#LaMalaVieja

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