AZUL Y VERDE

INT. CAMA – NOCHE.
Cuenta la leyenda que hace millones de millones de años, cuando el mundo no era más que negro, existieron dos entes. Por facilitar al lector la comprensión del relato daremos sexo a estos entes, pero no poseían género alguno ya que todavía faltaba mucho tiempo para que la evolución o Dios, depende del CI de cada uno, hiciera su trabajo.
Estos dos entes eran lo que ahora concebiríamos como seres maravillosos. Me es casi imposible describirlos pues la belleza que lograron alcanzar se desvaneció en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Él estaba hecho de polvo estelar de un color azul eléctrico que ahora nos resultaría cegador. Los relatos que se han transmitido de aquella época hablan de él como “una concentración de todo lo extraordinario del universo”.
Ella estaba hecha de la misma materia que él, no confundir con que estaba hecho a partir de él, eso son tonterías de otro libro. Pero su color era distinto, era verde. ¿Verde qué más? Simplemente verde. Un verde que acaparaba todas las demás tonalidades. No era verde claro, no era verde oscuro. Era el verde. Los escribanos de aquella época dejaron escrito en las estrellas una frase sobre ella: “es la dueña de toda la armonía del universo”.
Estos dos entes estaban, lo que llamaríamos ahora, enamorados. Compartieron toda la eternidad juntos, vagaron por el universo vacío unidos por las estrellas y se amaron como nunca nada ni nadie se ha amado. Es injusto llamar a esta relación amor, pues el término “amor” no hace justicia a lo que sentían el uno por el otro. Los humanos lo hemos desvirtuado hasta límites extraordinarios.
Pero con el paso de los milenios la luz cegadora de los dos entes se fue apagando y apagando. Ella y él, unidos como siempre habían estado, se posaron sobre la estrella más pequeña del universo, su favorita, y esperaron la muerte. Juntos.
–Un día, puede que dentro de poco, puede que dentro de mucho, volveremos a estar juntos. Probablemente no en esta forma, probablemente no en este mundo, pero estaré a tu lado.
–¿Cómo sabré entonces que eres tú? –preguntó ella.
–Porque me vas a guardar un lugar aquí –dijo él señalando el interior de la chica–. Y de aquí nunca saldré.
Y conforme iba terminando la frase los dos entes se fueron apagando poco a poco, sentados en su estrella y mirando a la nada, observando el que fue, es y será su universo.
Milenios después los dos amados volvieron a encontrarse, como dijo él, con otra forma y en otro universo. Ella adoptó la forma de un colibrí verde y él de un ornitorrinco azul cuyo reencuentro narraré en breves, cuando vuelva a brillar en el frío cielo de diciembre la minúscula estrella.




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