Despacho 2538
PARTE III
Un
sol ardiente se alzaba sobre el claro cielo y abrazaba con sus amarillentos
rayos la pálida piel de la joven mientras ésta dormía plácidamente sobre su
cama. La placentera sensación que producía el calor del sol la impedía
levantarse aun teniendo el molesto sonido del despertador taladrando sus
tímpanos. Soltando un pequeño gemidito, reunió todo su valor y se puso en pie.
Eran las 8 de la mañana de un caluroso día de mayo.
Como
cada viernes tocaba madrugar para llegar temprano a la facultad y adueñarse del
sitio más cercano a la mesa del profesor de historia. Desde ese privilegiado
lugar podía apreciar con todo detalle cada minúsculo centímetro del profesor.
También, era capaz de percibir el magnífico aroma que emanaba de él, al que
ella misma había definido como olor de
amor. Cada semana el mismo ritual.
Con una puntualidad casi británica, el
profesor cruzaba la puerta exactamente, todos los viernes, a las 9:00 de la
mañana, pero ese día, el fibroso cuerpo del atractivo docente no cruzaría el
umbral en toda la mañana. Únicamente siete alumnos, los jueves noche pasaban
factura, habían asistido a clase y se marcharon diez minutos pasados de las
nueve, pero la joven luchaba contra Morfeo y se quedó esperando durante una
hora. Muy desanimada y triste, emprendió el camino de vuelta hacia su casa,
donde nada más llegar se metió en la cama. El sol ya no entraba por la ventana.
Tumbada
encima del edredón con la mirada fija en el techo, la chica buscaba una
explicación a la falta del profesor. ¿Se habrá enterado de lo que pasó anoche?
¿Simplemente estará enfermo?
Las
dudas invadían la cabeza de la joven y no la dejaban pensar con claridad.
Después de multitud de inútiles intentos, la chica logró despejar su mente y
quedarse dormida.
Los
recuerdos del día anterior se exhibieron en sus sueños.
Seis
y cincuenta y nueve de la mañana, los ojos de la joven comenzaron a abrirse
lentamente encontrando la oposición de unas ocasionales legañas. Era jueves, y
como cada jueves, Antropología a primera hora. Nadie se levanta de buen humor
teniendo a esas horas clase con el profesor Martínez. Nadie. Y menos nuestra
querida joven. Se vistió con los ojos semiabiertos y puso rumbo a la facultad.
Hacía frío para ser mayo, quizá fuera el preludio de cómo iba a acabar el día.
Tras tres interminables y agotadoras horas de clase, la joven salió de la
facultad y se sentó en un pequeño banco con su pequeño netbook sobre las
rodillas.
–Deb
– gritó alguien desde la puerta de la facultad.
La
joven apartó la cabeza de la minúscula pantalla y vio acercarse a una chica de
pelo rubio y ojos marrones.
–Eh,
Deb, ¿vas a ir esta noche a la fiesta de Toni?
–No
creo, ya sabes que no me gustan esas cosas. Además mañana tenemos clase.
–¿Y
qué más da? Por un día que no vayas no va a pasar nada. Nunca te pierdes una
clase de Arturo, parece que estés enamorada de él o algo así
Debra
se puso colorada mientras bajaba la cabeza y dirigía la mirada hacia su
ordenador.
–No
digas tonterías.
–Anda,
tía, ven –suplicó la joven rubia.
–Está
bien, iré –dijo resignada–. Pero me iré temprano.
–Genial,
es a las once en el NTC. Ponte guapa –exclamó mientras se iba.
La
joven se quedó ultimando los detalles de su trabajo sobre la Transición y se
marchó a casa.
A las
nueve comenzó a arreglarse, jamás había ido a una fiesta de esas, tampoco le
importaba demasiado, pero en el fondo le hacía algo de ilusión. Después de una
ducha rápida, se secó y planchó su pelo castaño, casi rubio y se enfundó un
sugerente vestido negro de su hermana. Debra no estaba acostumbrada al maquillaje,
pero la presión de la sociedad hizo sus estragos. Se dio una fina capa de
maquillaje y pintó una suave y negra línea sobre sus delicados párpados. Los
labios… no, los labios no.
Y con
todo listo, a las once y media salió de casa rumbo a la fiesta.
–Deb,
Deb –gritó Fátima, la amiga que la había invitado a la fiesta.
Iba
con un ridículo vestido amarillo de lentejuelas que tapaba lo justo tanto por
arriba como por abajo. La efusividad con la que saludó a Debra sorprendió a la
joven.
–Ven,
ven –dijo Fátima– vamos a beber algo.
Debra
la siguió hasta la barra, las dos amigas pidieron un par de cubalibres y
salieron a la pista de baile, la cual estaba repleta de jóvenes universitarios.
Debra no conocía a casi nadie, o, directamente, a nadie. Sólo de vista.
Mientras Fátima hablaba con todo hombre que aparecía por el lugar, Debra la
seguía como su perrito fiel, esbozando falsas sonrisas a los maromos que se le
acercaban con su olor a colonia cara, sus calzoncillos de marca asomando sobre
el cinturón y con un aliento repelente a vodka.
Debra
pronto dio buena cuenta de su copa y fue a por más, había que aprovechar la
barra libre. Apoyada en la barra mirando cómo Fátima bailaba, si a restregar el
culo contra el miembro de un chico se le puede llamar bailar. Pasaron una hora
y tres ron cola hasta que a Debra se le acercó un chico. Era moreno, alto, con
ojos oscuros y una barbita bastante mona. Era agradable a la vista.
–¿Qué
hace una chica como tú en un sitio como éste? – dijo el joven.
–¿De
verdad estás usando eso para ligar conmigo? – respondió Debra.
–Creí
que iba a funcionar. En las películas se hace así, ¿no?
Debra
se echó a reír.
–No,
era broma. ¿Quieres otro de esos? –dijo el joven señalando el vaso vacío de
Debra.
–¿Por
qué no?
–A
todo esto, soy Miguel –dijo mientras daba cortésmente dos besos a Debra.
–Yo
Deb, bueno, Debra. Encantada.
Continuaron
durante una hora hablando y riendo los dos jóvenes. No sabía si era por el
alcohol, o por algo más profundo, pero Debra tenía unas ganas terribles de
besar aquellos finos labios con olor a whiskey.
Sin
decir una palabra, Miguel cogió del brazo a Debra y la sacó del local.
Caminaron durante cinco minutos hasta llegar a un oscuro callejón donde
comenzaron a besarse. Inmediatamente Debra pensó en su profesor, era inevitable.
También le resultaban inevitables las comparaciones, por ahora ganaba el
profesor. Por ahora.
El
chico agarraba fuertemente el culo de Debra mientras ella restregaba su
entrepierna contra la de su amante. En un arrebato de lujuria, Miguel cogió a
Debra por la cintura, la dio la vuelta y la apoyó sobre un contenedor. Subió
rápidamente el vestido de la joven, bajó sus bragas brasileñas, las que tanto
gustaban al profesor, y metió sus dedos en la húmeda vagina de Debra.
Inevitablemente, la joven lanzó un pequeño gemido de placer, seguido por una
continua ráfaga de jadeos. El joven, en pleno éxtasis, sacó un condón de su
bolsillo, desabrochó su cinturón y se bajó los pantalones y los calzoncillos
conjuntamente. Rápidamente abrió la funda de plástico con los dientes, tenía
las manos ocupadas, y se colocó la funda de látex en su erecto pene. Debra giró
la cabeza y miró con curiosidad el pene de Miguel, otra vez surgían las
comparaciones. El profesor seguía ganando.
Miguel
sacó los dedos del interior de Debra y agarró a ésta fuertemente de las
caderas, introdujo su pene dentro de la joven y soltó un gemido que bien podría
haberse confundido con un alarido de dolor. La joven, jadeando, no dejaba de
pensar en el profesor. Obviamente no era lo mismo, no era el mismo placer, no
era el mismo sentimiento, no era la misma sensación, pero tampoco estaba mal.
Miguel seguía detrás de ella con la mirada fija en el redondo trasero de la
joven y agarrándola tan fuerte de las caderas que comenzaba a hacerla daño. El
cuerpo del joven comenzó a estremecerse, su respiración a agitarse y los
gemidos eran cada vez más altos. Debra continuaba pensando en el profesor
mientras el joven eyaculaba dentro de ella y del preservativo. Todavía
jadeando, Miguel sacó su miembro de Debra y se deshizo del condón, la joven se
subió las bragas y se bajó el vestido.
Los
dos universitarios pusieron rumbo, otra vez, a la fiesta conversando
animadamente. Y una vez allí, se separaron.
#LaMalaVieja
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