NAVIDAD.
Capítulo XXI
Ya es verano en el Corte
Inglés, anunció
una voz enlatada de mujer que se filtraba por los altavoces de una televisión
de culo ancho y de muy pocas pulgadas. Si a eso se le puede llamar pulgadas.
¿Verano?
—pensó José— Qué cojones verano, si estamos en Navidad. Todos los años igual,
cuando hace falta comprar abrigos, bufandas y esas cosas sólo se puede comprar
bañadores, bikinis y gafas de sol. Qué asco, joder.
Mierda,
se me olvidó sacar la cigala del congelador y no la podré hacer para cenar.
Bueno, me tendré que conformar otro día más con un sobre de sopa y unos pocos
berberechos de lata. Una suculenta cena de Nochebuena, sí señor.
¿Quién es ese hombre que me
mira y me desnuda…?
—Diga
—¿Señor
López?
—Sí,
soy yo. ¿Quién llama?
—Soy
el señor Antón. ¿Acabó los informes que le pedí esta mañana?
—No
señor, me dijo que eran para después de vacaciones.
—Pero
qué dice, idiota. Le dije que tenían que estar urgentemente y como máximo a
última hora sobre la mesa de mi despacho.
—Pero
señ…
—Ni
pero, ni pera. Además, creo haberle dicho textualmente “Lo quiero para ayer”.
Así que, señor López, apáñeselas como buenamente pueda, pero a las 22:00 de
esta noche quiero esos informes. Y no en mi despacho, llévemelos a casa de mi
suegra que desgraciadamente tengo que cenar allí. Jodidas Navidades.
—Sí, señor. ¿Cuál es la dirección de su suegra?
—A
ver, apunte.
—Espere
que voy por un bolígrafo.
—Espero.
—Ya,
señor. Dígame.
—Calle
Francisco Infante número 9. ¿Lo tiene?
—Sí
señor. Francisco Infante 9.
—Vale,
López. A las veintidós horas quiero los informes o si no… aténgase a las
consecuencias. Buenas tardes.
—Sí
señor. Adiós, señor.
—Ah,
y feliz Navidad.
Pi,
pi, pi. Pi, pi, pi.
Me
cago en Dios y en toda la corte celestial— maldijo José— Siempre me toca a mí,
el pringado de turo, comerme la mierda en Nochebuena. Pero claro, como a los
señoritos de ahí arriba les ha dado por jodernos, tenemos que tragar. Hasta la
polla. Hasta la polla.
De
vuelta a la oficina en su Opel Corsa, José López, secretario de una importante
fábrica de Magdalenas, a jornada completa, intensiva, explosiva o como quieras
llamarlo, seguía encabronado. No con su jefe, con él mismo. Por callarse la
boca y tragar. Como siempre, ¿pero qué le iba a hacer? Según están las cosas,
cualquiera se arriesga a perder el trabajo y encima con veinticuatro años de
hipoteca que me quedan— pensaba José.
Cuando
entró en su despacho- un lúgubre cuartucho con una mesa del Ikea de cuyo nombre
no quiero acordarme- se sentó en su cómoda silla acolchada, lo único un poco
decente en su vida, y se puso a terminar los informes que le mandó para ayer el
señor Antón. El viejo y verde reloj colgado de la pared observaba incansable el
solitario trabajo de José. Tres horas, tres humillantes horas estuvo metido en
ese cuartucho al que el pequeño rótulo de la puerta cataloga como despacho. El
reloj marcaba las once y cincuenta y dos de la noche. La Nochebuena ideal.
Después
de recoger su ordenador, ponerse su abrigo relleno de plumas y cerrar con llave
la puerta del despacho número 66, José salió por la puerta de la oficina
minutos después de las doce de la noche. Es decir, en Navidad. Al meterse en el
Opel Corsa, encendió el navegador, puso la dirección de la suegra del jefe y
una seductora voz femenina le indicó que después de quinientos metros girara a
la derecha. Tras cuarenta minutos de viaje, cuatro rotondas y seis cambios de
sentido, José llegó al número 9 de la calle Infante. Paró el coche junto a la
enorme casa y llamó al portero automático. Inmediatamente una pequeña cámara se
giró hacia él y se detuvo un momento a observar su cara. El pequeño altavoz del
portero automático escupió una voz familiar:
—Pase,
señor López.
La
enorme verja color ocre comenzó a abrirse y José puso el Corsa en marcha.
Durante el camino hacia la puerta, José se quedó maravillado y estupefacto.
Desconocía del exagerado nivel de vida que llevaba la familia Antón, eso le
hizo sentir aún más asco hacia ellos. Una vez delante de la enorme puerta y bajo
el majestuoso número nueve tallado en un mármol de impoluto color cielo, llamó
al timbre. Treinta segundos después una mujercilla con un provocativo vestido
color cereza por encima de las rodillas, las muñecas repletas de pulseras de
color amarillo, y un escote un poco bastante arrugado, abrió la puerta. Tendría
unos setenta años y pico.
—El
señor López, imagino— dijo la señora o señorita, no se sabe muy bien, en un
tono autoritario.
—Así
es, señora. ¿Está el señor Antón? He venido a traerle unos informes que me
pidió.
—Sí,
sí, pase. Y no me vuelva a llamar señora.
—Sí,
seño… Digo, sí.
Cuando
cruzó el umbral de la puerta, José sintió una mezcla de admiración, envidia y
odio. La casa era magnífica. Una enorme escalera con unos reposabrazos de color
oro se erigían sobre el suelo de mármol tan limpio e impoluto que era capaz de
reflejar cualquier cosa con la misma eficacia que un espejo. José siguió a la
señora hasta un despacho, eso sí era un despacho, decorado con cabezas de
animales colgadas de la pared.
—Ahora
viene mi yerno, espere— dijo la señora mientras cerraba la puerta.
A
José le aterraban esas enormes cabezas mirándolo fijamente. Siempre había
odiado la caza y ahora aún más. Afortunadamente para él su tortura acabó
pronto. Treinta segundos después de quedarse solo apareció el señor Antón en
magas camisa y con los ojos brillantes a causa de la botella y media que él y
su cuñado se acaban de beber.
—Llegas
tarde, Antón— dijo torpemente el director de la fábrica de Magdalenas.
—Lo
sé, señor. Pero es que me perdí viniendo hacia aquí.
—Normal.
¿A qué víbora se le ocurre comprarse una casa en esta zona?
José
no contestó.
—Pues
a mi suegra, ¿a quién va a ser? Bueno, me has traído los informes?
—Sí,
señor. Como me pidió.
—Bueno
chico, Antón, buen chico.
José
bajó la cabeza cual niño al enseñar un sobresaliente a sus padres.
—Bueno,
Antón, deja los informes sobre la mesa y lárgate. No quiero verte hasta después
de Reyes.
—Sí,
señor- volvió a contestar José mientras salía por la puerta.
Siguiendo
el mismo recorrido que antes había hecho, pero esta vez sin observar las viejas
posaderas de la suegra del señor Antón, José salió de la casa y se subió al
coche.
De
camino a casa sólo podía pensar en la suegra del jefe. ¿Cómo una mujer de esa edad
puede ponerse ese vestido? Joder, es asqueroso. Con esas tetas a la altura de
la cintura, con esas varices color morado intenso… Un escalofrío recorrió su
cuerpo. Al pasar por aquella multitud de rotondas que antes gracias al
navegador había conseguido sortear con facilidad, José se perdió. Las prisas
por escapar de aquella enorme mansión y sacar de sus pensamientos aquel par de
tetas a la altura de las rodillas, hizo que José se olvidara de conectar el
navegador. Continuó por la oscura y tétrica carretera hasta encontrar un
pequeño pueblo en que detuvo el Corsa para poner en marcha el navegador. Pero
la suerte no estaba de su lado aquel 25 de diciembre. Y cuando fue a encender
el GPS que se compró una semana antes en el Corte Inglés- era su regalo de
Navidad- la seductora y robótica voz que antes le indicaba dónde tenía que
girar, ahora le decía que conectase el aparato a una red eléctrica.
Consternado,
José salió del coche en busca de algún buen samaritano que le indicara la
dirección de vuelta a casa. Después de caminar durante quince interminables
minutos, el secretario de Magdalenas Antón, escuchó un grito estremecedor
seguido de una serie de arrítmicos jadeos. José se acercó corriendo al lugar de
donde provenían los gritos. En el rellano de un portal abandonado se encontró
con una mujer envuelta en mantas con la mandíbula desencaja y las piernas
abiertas. José se acercó a la mujer y le dijo:
—¿Qué
le ocurre señora? ¿Puedo ayudarla?
La
mujer se quitó la manta y José pudo apreciar que estaba embarazada. José se quedó
estupefacto y en silencio durante al menos medio minuto. El silencio fue roto
por otro grito desgarrador de la mujer.
—Aguante
un poco, señora. Voy por el coche.
La
mujer agarró con una fuerza sobrehumana el brazo de José mientras de su cara
empezaban a brotar gotas de sudor.
—No
se vaya. Ayúdeme. Ya viene.
—Pero,
señora yo no sé hacer esto. Es mejor llevarla a un hospital— insistió José.
—Que
no hay tiempo, joder.
José
se quedó perplejo ante la violencia de las palabras e hizo lo que antes había
visto en las películas: agarrar la mano a la mujer y decir aquellas mágicas
palabras
—Empuje,
señora, empuje.
La
mujer, con claros gestos de dolor, apretaba la mano de José mientras éste
resistía estoicamente el aplastamiento que estaban sufriendo sus pobres dedos.
Así
estuvieron durante media hora y nada. Que no venía. Nos hubiera dado tiempo a
llegar al hospital, pensó José. Pero cualquiera contradecía a una mujer en ese
estado. Para distraer un poco a la mujer, José decidió entablar una
conversación con ella. Igual así aliviaba un poco su dolor.
—Tranquila,
señora. Empuje fuerte y respire. Sobre todo respire.
—Eso
hago, joder.
No
parece estar muy receptiva, observó José. Pero insistió:
—Puedo
preguntarle cómo se llama, si no es molestia.
—Sí.
— Pues…
¿cómo se llama?
—María.
La
mujer seguía con la cara desencajada y de su cara caían unas gotas enormes que
José no sabían si eran de sudor o se trataban de lágrimas.
—Y…
¿a qué se dedica?
—Pues
llevo en paro tres años. Antes era empleada del hogar. También llamada, chacha.
¿Por qué te crees que estoy pariendo en la calle?
—Lo
siento, señ…
Un
grito desgarrador interrumpió a José.
—Ahora
sí— gritó la mujer— ya viene.
José
se puso de cuclillas entre las piernas de la mujer y con la mano que tenía
libre comenzó a sacar muy despacio al pequeño que salía de las entrañas de su
madre. Cuando el bebé estuvo completamente fuera, José cortó el cordón
umbilical con el cortaúñas que llevaba en su bolsillo. Cogió al bebé y lo puso
en los brazos de la extenuada madre.
—Gracias,
…
—José—respondió
veloz.
—José.
—No
ha sido nada, señora. ¿Puedo preguntarle otra cosa?
—Claro
—¿Cómo
va a llamar al niño? Si no es indiscreción.
—Jesús.
Y por favor deja de tratarme de usted. Creo que después de verme el asunto, las
formalidades sobran.
—Creo que tienes — asintió José sentándose
junto a la madre y arropando al bebé.
Madre
e hijo se quedaron dormidos al instante. Agotados ambos por el esfuerzo que
conlleva tanto dar como llegar a la vida. José observaba embobado al niño y a
la hermosa madre. Tenía el pelo ensortijado y amarillo como la paja. Sus ojos
reflejaban paz y bondad y su nariz, pequeña y repleta de pecas, enamoró al
secretario que se quedó durante toda la noche despierto con una sonrisa
dibujada en su boca.
Y así
fue la Nochebuena para José, el empelado de Magdalenas Antón, que compartiría
desde aquel veinticinco de diciembre bajo el viejo portal de la calle Belén, su
vida con María y Jesús, las dos personas que por fin alegraron su existencia.
#LaMalaVieja

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