840.
840
Cinco
y cincuenta de la mañana y sigues sin poder dormir. Tumbado en la cama empapado
de sudor e intentando buscar el último reducto de almohada fría que te queda,
sigues dándole vueltas a la cabeza; todavía queda un mes largo para que llegue
el frío y llevas cinco semanas sin poder pegar ojo. Esa cabeza tuya te está
matando.
Suena
el gong del viejo reloj del salón, aquél que os regaló el abuelo antes de que
se olvidara hasta de su propio nombre. Las seis de la mañana y ahí sigues, con el
cuerpo chorreando y los ojos rojos como la sangre que te sale de la nariz cada vez que eyaculas. No puedes más. Te levantas, te pones
las chanclas que te trajo tu hermano de Benidorm y sales a la calle. El cielo
azul oscuro empieza a clarear tras la colina con forma de tortuga sin caparazón
que hay tras la vieja vía. Cuando llevas veinte minutos de ese tortuoso camino,
deambulando bajo la luz de las farolas aún encendidas, te das cuenta de que es
el fin, no puedes seguir así. A este paso te pasarás el verano que has estado
esperando toda tu vida de mala hostia, con la cara destrozada, mentalmente agotado y con los ojos como
teteras a punto de estallar.
Empieza
a hacer frío. Pasas junto al antiguo bar de tus tíos que ahora se ha convertido
en una mierda de club de striptease dirigido por un par de drogadictos venidos
del sur, portadores de ese acento que tanto odias. Aprended a hablar, hijos de
puta. Empieza a salir el sol y los viejos comerciantes de toda la vida empiezan
a montar sus pequeños puestos tras la peluquería donde de joven odiabas ir y
que ahora tanto amas. Nadie como Jacinto te deja las patillas tan rectas y las
mejillas tan bien rasuradas.
Hace
un frío de la hostia. Tira para casa, quizá ahora consigas descansar por lo
menos media hora antes de ir a casa de tu exmujer a por tus hijos. Esta semana
te toca cuidarlos. Vuelves por el camino de la vía, ahí el aire corre más
fresco- las corrientes en aquel camino suelen ser más fuertes o algo así te
decía tu padre. Tras un pequeño vacile, consigues meter la llave del portal y
entrar en casa.
Dios,
es una puta sauna. Necesitas mear y ya de paso, te lavas la cara con agua
helada que guardabas en la nevera. La cama te espera. Te paras en el umbral de
la puerta y la visualizas, antes erais amigos, ahora enemigos. Así son las
cosas. La miras con esa cara que ponía Clint en sus pelis del Oeste y avanzas
hacia ella. No serás bien recibido.
Tras
una encarnizada lucha te tumbas sobre ella mientras el sol comienza a iluminar
tu habitación, intentas poner tu mente en blanco, pero como de costumbre
fracasas.
Tic,
tac, tic, tac. El ruido de las manecillas con forma de torre oxidada del
asqueroso reloj azul que os trajo la tía abuela Felisa de su viaje a París hace
temblar la casa. Ya no puedes más. Pronto serán las ocho y llevas un total de
840 horas sin dormir. Esto es inhumano.
¡Vaya!
Parece que las manecillas se están relajando. Es buena señal. Pero calla
imbécil deja de pensar. Mente en blanco, mente en blanco. Parece que ya.
El
sonido es cada vez más débil y las gotas de sudor resbalan por tus ardientes
mejillas mal rasuradas- Jacinto no abre los lunes.
Se
acabó, has ganado. Ya era hora.
TIC
TAC TIC TAC.
#LaMalaVieja
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