EL MIEDO A LO OLVIDADO
« Joder, siempre me toca el lado del sol en los autobuses. Encima me he dejado las gafas en casa. ¿Quién me mandaría a mí volver? Vaya época más inoportuna para morirse. A ver si arranca ya el conductor que sospecho que va a ser el viaje más largo de mi vida. » pensó Diego mientras se acomodaba en su asiento predilecto, el número 39. A las siete en punto arrancaba el autobús, tres horas de viaje esperaban a nuestro protagonista que intentaba pasar el rato leyendo a Joseph Conrad. A su lado un pequeño de ocho años dormía plácidamente recostado sobre el asiento. El niño daba cabezadas y se despertaba cada diez segundos, Diego lo observaba de reojo y le hacía cierta gracia. Tras una hora de viaje el cuerpo durmiente del niño empezaba a acercarse a Diego y a incomodarle más y más. La cabeza del chico seguía dando bandazos al son de las curvas pero esta vez cayendo sobre el hombro de Diego. « Lo que me faltaba » pensó Diego « ¿Qué clase de padres dejan viajar a un niño tan pequeño sol...